Te presentamos aquí, algunos testimonios de nuestras Hermanas en la historia de su llamado. Quizá te pueda animar, ver las dificultades que tuvieron que pasar para poder ser hoy en día esposas de Jesús, el Amado, el Maestro, el Señor de todos los tiempos.
     Sus nombres han sido cambiados, sin embargo los lugares y la historia son reales. Esperamos que la lectura de cada una, te ayude a confiar mucho más en aquel que te ha llamado a seguirle más de cerca.


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1. AUTOSECUESTRO

     Terminé mis estudios de Magisterio en el Colegio de las Hermanas Agustinas Recoletas del Corazón de Jesús, y comencé a trabajar en una escuela pública de la ciudad donde residía.
     De familia deportista, desde papá, y deportista yo misma, fui madrina de un equipo de juego. Miraba con optimismo la vida. Todo me sonreía...

     De vez en cuando visitaba las Hermanas del Colegio, y una de ellas, que me había observado a lo largo de mis años de estudio, solía decirme: "A mí me da la impresión de que tú tienes vocación" "No, nada de eso" - le respondía yo- Ni pensarlo!". Pero la verdad era que ella no se equivocaba: Sentía dentro de mí la atracción a esa vida, pero no quería darle importancia. Era muy apegada a los míos, especialmente a papá, y me horrorizaba el sólo pensar en una separación semejante.

     Cuando manifesté en casa que quería ser Religiosa, se desdató una revolución... Me decían que estaba loca...! Mi padre me dijo que tendría que pasar sobre su cadaver... Optaron por no dejarme salir sola ni a la Iglesia... Hacía lo humanamente imposible para comunicarme con las Hermanas. Así transcurría mi vida, hasta que pidiéndole fuerza a Dios, yendo una tarde camino a la Escuela, resolví escaparme. Lo comuniqué a la Directora y al personal docente de la Escuela, trataron de disuadirme, pero mi decisión ya estaba tomada. Un joven allí mismo me decía: "Si es por matrimonio... aquí estoy yo, pero no hagas eso" "no se hace uno Religiosa por falta de novio - le respondí - Amo a Cristo sobre todas las cosas de este mundo."
     Algunas de las maestras me acompañaron a la Casa de Ejercicios Espirituales donde me refugié mientras pasaba la tempestad, y desde allí escribí una carta a mamá explicándole. Sufrí mucho, pero Dios me exigía este sacrificio.
     Al enterarse mi familia, se armó una...! Los nueve hermanos, primas, primos tomaron parte de las labores de "rescate"... Intervino el abogado de la familia, denunciaron el caso ante el Supervisor de la Zona, acusaron las Hermanas con el Sr. Obispo y amenazaron con prender fuego al Colegio... Montaron guardia en la alcabala, el aeropuerto...22 días de escondite, de "autosecuestro"!
     Cuando calculé que todo estaba más calmado, salí rumbo a la Casa Noviciado en Los Teques, donde llegué el 12 de mayo, víspera de la Virgen de Fátima. me sentía la mujer más feliz del mundo! Qué podían hacerme? Era mayor de edad!

     Allí llegó papá a buscarme con alguno de mis hermanos; alegaban que si mamá moría, sería yo la culpable. Me negué a irme con ellos y su sentencia fue "Has muerto para nosotros".
     Llegó la fecha de mi consagración definitiva, de mis votos perpetuos, y yo, agradecida daba gracias al Señor, no sólo por haberme ayudado a superar tantas dificultades, sino también porque mi familia estaba contenta.

Mamá llegó a decirme: "Ojalá todas mis hijas fueran religiosas"!
     Papá ya murió, pero pude estar acompañándolo diariamente en su enfermedad -lo que no podían hacer las otras hijas- hasta el último momento de su vida. No se pierde una hija cuando se le da a Dios es la Vida Religiosa... Se gana!
     En cuanto a mí, cada día trabajo con más entusiasmo en esta humilde y bella Congregación de Hijas de San Agustín, fundada por la Madre María de San José.




2. MIENTRAS VIVAMOS, NO SERÁS RELIGIOSA

     No es un cuento, es una historia, una historia muy sencilla, la historia de una semilla sembrada por el Señor en mi corazón que germinó y dio fruto con sangre amada para la gloria de Dios.

     Dios puede llamar a cualquier hora de la vida: al amanecer, al mediodía, al atardecer... No siempre la vocación se siente desde pequeña. Pero en mi caso sí fue así: sentí vocación desde muy pequeña. Me atraía todo lo que se relacionaba con Dios. Las Religiosas me inspiraban gran cariño, y aunque estudiaba en una escuela pública, pedí que me internaran en un colegio de Hermanas. Allí transcurrienron mis días felices y las ayudaba a dar catesismo a los niños.

     Cuando hablé con mi mamá la primera vez, manifestándole mi vocación, no se sorprendió, pero estalló en llanto y yo también lloraba con ella.
     Tú no puedes hacer eso! No ves que eres la única niña? Si uno de los varones quisiera ser sacerdote, lo dejaría, pero a ti... no!
     No volví a tocar ese punto durante algún tiempo y lo encomendé a la Santísima Virgen de Coromoto, nuestra Patrona, a quien he profesado especial devoción.
     A penas cumplidos los 14 años, mamá se empeñaba en que fuera a paseos, fiestas, en hacerme vestir ala moda; pero lo que conseguía con esto era hacerme sufrir....me gustaba cantar y bailar; sin embargo las fiestas nada me decían porque por sobre todas las cosas, mi aspiración constante era consagrarme a Dios.

     Mis padres resolvieron retirarme del colegio de las Hermanas e inscribirme en un Liceo oficial para que continuara el bachillerato, y así hube de hacerlo contra mi gusto. Sentí una tristeza tan grande, que sólo Dios y la Stma. Virgen eran capaces de comprenderla.

     Mis padres me decían: "PARA TU HACERTE RELIGIOSA TENDREMOS QUE DEJAR DE EXISTIR NOSOTROS". "MIENTRAS VIVAMOS, NO LO HARÁS"
     Llegan mis quince años, fecha que festejaron lo mejor que pudieron. Querían darme todo el gusto a su alcance, pero el mayor gusto que hubieran podido proporcionarme ellos no lo comprendían: era darme su consentimiento para realizar mi vocación.
     Así, abandonada en las manos de Dios, transcurrían mis días hasta el trágico y misterioso 18 de enero...

     Regresábamos de misa el domingo por la mañana... 10 personas en una camioneta... conducía mi padre... un accidente... mi padre muerto instantáneamente, mi madre moría a pocas horas... todos heridos. Yo ni un raguño en mi cuerpo. Fue todo como una horrible pesadilla. las palabras de mis queridos padres resonaban en mi mente: "PARA TU HACERTE RELIGIOSA TENDREMOS QUE DEJAR DE EXISTIR NOSOTROS".

     El Señor los llamó a la eterna vida con la vocación del grano de trino que muriendo da el fruto... Fueron sus cuerpos víctima inmolada... fue su sangre, precio de rescate... Ellos no habían querido perderme y ahora... yo los perdía a ellos.
     Han pasado los años y aún recuerdo como con el cuerpo sano milagrosamente, pero con el alma destrozada visité a las Hermanas Agustinas... Ellas lloraron conmigo. Y aquí estoy... también yo de Hermana Agustina.
     Cuántos de los que supieron mi tragedia, pensarían que me hacía religiosa porque había quedado sola. El mundo es así...
     Sólo me restaría hacer un llamado a los padres de familia para que no sean obstáculo a la realización de la vocación de sus hijos. Que comprendan que así como ellos han elegido su propio estado, su vida, también sus hijos tienen derecho a ello, a lograr un ideal y con él la felicidad.
     Cuántas veces nos encontramos con el caso doloroso de muchachas infelices en su matrimonio, poruqe su verdadera vocación era la Religiosa y sus padres se lo impidieron en alguna forma!
     Infeliz ella, infeliz el esposo, y muy probablemente infelices los hijos... Y todo, por el egoísmo de sus padre! Es injusto!




3. NO ME PIDAS LO QUE NO TE VOY A DAR

     Mis padres, muy activos en la Iglesia Católica, nos inculcaron la fe cristiana, lo que nos llevó, a mis hermanos y a mí, a asistir contínuamente a retiros, convivencias y poco a poco a integrarnos también al apostolado en grupos juveniles de nuestra parroquia Agustino Recoleta.
     Después de vencer grandes dificultades familiares, sobretodo la oposición de mis padres, uno de mis hermanos, recién titulado como arquitecto, decide ingresar al seminario y formarse para ser sacerdote.
     Mi vida se desenvolvía en medio de muchas actividades: estudiantiles, culturales y de evangelización. Integré cuatro grupos de apostolado, trabajando muy cerca de mis padres en la parroquia. Día a día mi deseo de servir a la Iglesia se agigantaba.

     Una noche fuimos a visitar a las Hermanas Agustinas al Colegio mi hermano ya seminarista, dos jóvenes monaguillos y yo. Conversando con una de ellas, la Hermana me pregunta si yo no tengo vocación. "Yo, Hermana? - le pregunte- claro que no"
     En verdad que meses antes había sentido en mi corazón el deseo de una entrega más radical, pero jamás se cruzó   por mi   mente   ser   religiosa,   hasta

aquella bendita noche de octubre. A partir de ese momento se apoderó de mi corazón la esperanza de Consagrarme por entero a Dios. Era eso lo que tanto deseaba, y que no había podido definir.
     Pasaron los meses y yo en total silencio, alimentaba aquel deseo cada día más. Ya no pensaba sino en ser religiosa. Aumentaron mis anhelos de orar y estar a solas con el Amado.
     Cuando lo comuniqué a mis padres, no lo púdieron creer. Me decían que debía graduarme primero en la universidad, que como yo trabajaba en la Iglesia y mi hermano tenía vocación "creía" que yo también la tenía, pero que esa era una vida muy sacrificada, que yo no iba a poder con eso. Mi hermana aseguraba que a los quince días volvería a casa y mi madre me decía: "Tú eres muy coqueta y te gusta maquillarte, ¿tú crees que eso es para ti?" Todo esto generaba grandes dudas en mi interior, pues nadie creía en mí, sólo Dios. Por eso decidí no volver a tocar el tema por un tiempo, hasta el momento justo de mi partida.
     Sin embargo muchas veces me dejé llevar por esas voces extrañas y desistiendo

por completo de la idea, trataba de sacarla de mi mente, de no pensar más en Dios, pero era imposible, con más fuerza pensaba en Él. Quise huir de su voz, me alejé de la Iglesia, de los grupos de apostolado y no volví a la misa, dejé la oarción. Todos se extrañaban pero yo seguía silente. Sólo Dios conocía mi lucha. A veces me sentía abordada por Él continuamente, y con rebeldía le gritaba: "Antójate de otra, déjame en paz. No me pidas lo que no te voy a dar". Pero su voz resonaba en mi interior con más fuerza.

     En  medio  de esta  tormenta  interior,  entre mis  propias dudas, en un constante

ir y  venir de  decisiones: hoy sí,  mañana no...   me decidí a ingresar.  Asistí a  entrevistas de  seguimiento  vocacional,  a las  que iba  a escondidas  de mis  padres,  hasta  que tuve que  viajar a otra  ciudad a  hacer  una  convivencia  vocacional  de 4 días.   Al comunicarlo  a mi  madre,  ésta me  dijo  con  tono de  desagrado:   "¿Y tú  todavía  estás  pensando  en  ser  monja?"   Y volvieron  las luchas  en  casa.

     Al fin llegó el día de dar el paso. Mi madre tocó el tema y yo le dije que en tres días partía a otro destino. "¿Mamá, ustedes se van a oponer?" -le pregunté. "No hija, si a tu hermano no se lo prohibimos, a ti tampoco" me dijo. Serenamente le di las gracias, aunque por dentro daba saltos y gritos de alegría.
      En compañía de mis padres y mi hermano, el seminarista, ingresé en la Congregación, dando así el paso más grande y más importante de mi vida.
     Señor: soy tuya.... soy sólo tuya... No permitas que nos separemos jamás.


4. MI VIDA CAMBIÓ


     Cuando conocí a las Hermanas Agustinas Recoletas del Corazón de Jesús, me encontraba cursando el quinto semestre de Ingeniería Electrónica en Computación en una universidad privada en Barquisimeto. Hacía muy poco que me había re-incorporado a la Iglesia Católica, ya que mis padres habían incursionado en diversas ideologías y pensaban que allí no había espacio para ellos ni para sus hijas, aunque mi madre fue quien nos hizo bautizar, nos animó a hacer la primera Comunión e insistió para que nos confirmásemos yo y mis hermanas, aunque esto le fue más difícil por trámites no hechos con anterioridad. De todas formas mis hermanas y yo no frecuentábamos la Iglesia ni sus sacramentos, pues nuestros padres no lo hacían.

Yo comencé a asistir a la Iglesia Católica a los 21 años de edad, pues en la urbanización en que vivía se pensaba en construir una pequeña capilla que tuviera por patrona a la primera santa venezolana, en ese tiempo, aún Sierva de Dios, Madre María de San José. Me invitaron a las primeras celebraciones y me uní al grupo de jóvenes que recién se empezaba a formar para animar los encuentros de cada domingo. No sé cómo

sucedió, pero de pronto me nombraron coordinadora y ya mi vida toda giraba en torno a la construcción de la Iglesia de la comunidad y las reuniones del grupo juvenil.

     Mis amigos de la universidad empezaron a sospechar que algo había cambiado y que yo no era la misma. Ya lo único que hacía era invitarlos a las celebraciones de cada Domingo y a que se unieran al grupo juvenil. No me hicieron caso, por supuesto, pero me respetaban y me ayudaban a estudiar cuando el tiempo era escaso.

Mi familia también notó el cambio y las cosas se tornaron tensas en casa. Aunque no me prohibieron que asistiera a la Iglesia o a las reuniones de grupo yo sabía muy bien que no les agradaba mucho lo que estaba sucediendo. De todas formas yo continuaba muy entregada a todo lo que sonara a encuentro eclesial en cualquiera de sus presentaciones: conciertos, charlas, retiros, convivencias, caminatas, vía crucis, rosarios.

Fue un tiempo hermoso, lleno de muchos escollos pero repleto de victorias en el Señor.

     Como queríamos conocer un poco más sobre la vida de la Madre María de San José, pedimos a las Hermanas Agustinas que nos dieran una charla y así sucedió. Un fin de semana, en la escuela que nos servía de base, llegó a compartir con nosotros una hermana de la comunidad de Barquisimeto y fue un encuentro especial. Era mi primer contacto con una hermana de hábito, ya que antes había conocido otras que no lo usaban. Una de mis compañeras del grupo juvenil luego de la charla me dijo: -Me consagraré a Dios en esa Congregación; ya hablé con las hermanas-. Fue impactante eso que escuché. Me alegré muchísimo y le comenté que envidiaba la suerte que tenía de poder consagrarse a Dios por completo. Pasado algún tiempo empecé a sentir que por dentro me moría de tristeza ya que yo no podía hacer lo mismo que mi compañera, que había muchos impedimentos para mí: la carrera a mitad, los sacrificios de mis padres para que estudiara y con todas sus esperanzas puestas en mí, el grupo de amigos que ya soñábamos con la graduación, mis sueños de ser una de las pocas mujeres graduadas en ingeniería, de construir una familia grande… pero una noche en la que no pude dormir Dios se hizo más fuerte, ya no podía pensarlo más, lo único que deseaba era ser religiosa y comencé mis contactos con las hermanas. Ya todo estaba decidido. Lo único que faltaba era que mis padres lo supieran. No tuve fuerzas para comunicárselo sino unos pocos días antes de la fecha de ingreso a la Congregación. Fue una escena terrible. Papá y mamá se pusieron a llorar, más atrás mi hermana. Todo fue una tragedia. Mi papá dijo que se moriría y que yo iba a ser la culpable, que no había valorado todo lo que ellos habían hecho por mí. Esa situación me hizo retroceder en mi decisión y mis padres prefirieron enviarme a Mérida para que lo pensara, mejor dicho, para

que abandonara la idea de hacerme religiosa. Pero sucedió lo contrario, más ardía yo en deseos de consagrarme a Dios y cuando volví a casa empecé a planear cómo me escaparía de casa. Un diácono, hoy sacerdote, me ayudó. Él puso todo lo que tenía de ánimo y de dinero y un día a las dos de la madrugada salí de casa y nadie me escuchó.

Nos fuimos lo más rápido posible y llegamos a Maracay. Allí nos recibieron con mucha alegría y temor, pues se esperaba la reacción de mis padres. Así fue, a mi papá lo internaron en una clínica pues se puso muy mal, y mi mamá llegó a Maracay en cuanto le fue posible para buscarme, pero el Señor me fortaleció y pude resistir los embates. Mi papá me dejó de hablar y pasó algún tiempo antes de que comenzara a hacerlo. Todo fue pasando y aunque mi familia aún no lo acepta del todo, actualmente puedo ir a casa a visitarlos y hacerles ver, a ellos y a mis amigos, lo feliz que soy siendo religiosa de la Congregación de Hermanas Agustinas Recoletas del Corazón de Jesús.