Filial devoción a la Virgen María


Para entrar en los planes de Dios es necesario poseer una entrañable devoción a la Virgen María. Toda la grandeza de María arranca del hecho de su maternidad divina. Ella es madre de Cristo y madre de la Iglesia, de su "Cuerpo Místico", y por tanto su misión es conducirnos con toda seguridad a su Hijo, a la unión con él.

La gran devoción a la santísima Virgen, es una de las características en la espiritualidad de la Madre María de San José. Después de la divina Eucaristía, la Madre de Dios es su gran amor: "Y, ¿cómo no amarla, si ella, Madre incomparable, fue el primer tabernáculo donde estuvo el muy encantador y dulcísimo Jesús?... si es ella quien "nos ha dado el Cordero divino?".

El 16 de Julio se 1892 viste el escapulario del Carmen que llevará con afectuosa devoción toda su vida. Esta fecha representó especial significación para ella en cuanto a aquella invitación a consagrar su virginidad a Cristo. Y en la fiesta de la Inmaculada Concepción del mismo año, emite de hecho este "voto privado". En la unión y bajo la protección de María santísima, experimentó la invitación al amor esponsal con Jesús, fuente de tanta riqueza espiritual. María es su maternal protectora, modelo y guía; su dulce mediadora, en cuyos brazos amorosos se refugia como la "pobre hijita que se ve favorecida con gracias sin número" desde sus tiernos años. "¿Qué diré de mi incomparable Madre, la Virgen Inmaculada? Mi lengua enmudece ante tantos beneficios" (Escritos 1958).

Refiriéndose al mes de mayo escribe en 1959: "Desde pequeña sentí gran amor por este mes encantador: es el mes de mi Madre Inmaculada y el mes de la Santa Cruz. Desde mis primeros años he sentido un amor grande, y todo el mes de mayo la adornaba con encanto".

Junto a María, vive su fidelidad al Señor, y como ella, rebosando de gozo y gratitud, anhela ser un Magnificat viviente: "Quisiera vivir y morir cantando el Magnificat".

En el lenguaje bíblico, el Magnificat es el canto exultante de los humildes, de los pobres de Yavé personificados en María de Nazaret, la "llena de gracia", la virgen madre del Salvador del mundo. Viene recogido en el evangelio de Lucas 1, 46 - 55: "Engrandece mi alma al Señor..."

Es el himno gozoso de quien ama al Padre sobre todas las cosas y es fiel a su plan de salvación; que vive su radical entrega al Evangelio con sencillez y alegría, con la conciencia serena de su humilde condición de servidora y con la inconmovible seguridad en Aquél para quien nada es imposible; que derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, en quienes realiza maravillas.

Fácilmente se deduce la profunda motivación que este cántico mariano despertara en el alma de nuestra humilde Madre María, la "Minimita" de Jesús, como ella gustaba autodenominarse. Desde la íntima y sincera experiencia de su pequeñez, reconoce la grandeza infinita de su Dios y Padre, y agradece profundamente las gracias que su bondad ha derramado sobre ella desde siempre. Por eso la vida temporal es insuficiente para alabarlo, y quiere glorificarlo en el tiempo y en la eternidad, cantándole gozosa en unión con María, su madre.

A este propósito, Su Santidad Juan Pablo II en la homilía del 7 de mayo de 1995, enfatizó:

"Su sólida piedad anclada en la Eucaristía y en la oración, estaba enriquecida por una tierna devoción a la Virgen María, cuyo nombre tomó y a quien emulada diciendo: - Quisiera vivir y morir cantando el Magnificat".

No se contentaba la Madre María con amar, venerar y agradecer a la Santísima Virgen. Se esforzaba por imitarla en su total entrega a Dios:

"Hoy, como siempre medité en tu humildad y demás virtudes que adornan tu virginal alma. Nada adelanto, Madre Mía ¡y te amo tanto! No sé cómo es este amor: el verdadero devoto tuyo, tiene que imitarte, y yo... estoy muy atrás" (Escritos 1935).

"Bendita seas Madre de Dios y dulce Madre mía. ¡Bendito sea mil millones de veces tu santo nombre! (E. 1953).

A ella, a la Virgen, encomienda sus anhelos de santidad; bajo su manto maternal se cobija en las tribulaciones y tentaciones. Diariamente la invita para que la acompañe a recibir a su Jesús en la comunión: "¡Qué hermosa y encantadora es la comunión en unión de esta dulce Madre! El que no lo ha experimentado no puede valorarlo"(Escritos 1927).

A la vez que se encomienda a su intersección, agradece a la Virgen su vida de pureza: "¡Oh, dulce Madre mía! Pide a tu divino hijo, mi celestial esposo, piedad para mi alma. El sabe que no quiero desagradarle en nada: Hasta hoy su infinita bondad me ha librado de hacer nada, nada, deliberadamente. Gracias, Madre mía. Bendecidme" (Escritos 1945).

Entre sus prácticas de devoción mariana están: el ángelus diario; la recitación constante del rosario y el mantener entre sus manos, según lo permitieran las circunstancias, una pequeña imagen de María.

Personalmente relaciono su compostura humilde, de mirada discretamente baja, modesta, con aquella que nos revela la actitud de María Santísima en la anunciación: "He aquí la esclava del Señor".

No podía faltar el aspecto kenótico. En las constituciones de 1906 escribe:

Tu eres, Virgen bendita
nuestra madre salvadora,
que al pie del madero santo,
fuiste [también] redentora".

Y finalmente, ¡al cielo con María!: "Madre mía, dame la santa perseverancia y fuerza para sufrir hasta llegar al cielo, mi único anhelo; para verte y poseerte con mi Jesús, en la amada patria, el cielo". (1944). Para el esperado momento de su muerte, pidió a las hermanas le cantásemos:
"Es más dulce tu nombre María", que a ella le inspiraba gran devoción.
Su letra es como sigue:

1.- Es más dulce tu nombre, María
que el arrullo de dulce paloma;
es más dulce que el plácido aroma
que en su cáliz encierra la flor.

2.- Al oírlo se postran los cielos,
goza el ángel y tiembla el averno,
complacido sonríe el Eterno
languidecen las almas de amor.

3.- Quien pudiera cual rauda paloma
del destierro volar de este mundo,
y surcando el espacio profundo
a tus plantas Señora, posar

4.- Qué no miras, oh, madre adorada,
de quien te ama en las luchas y penas;
rompe, rompe, ¡por Dios! Las cadenas
que a tu lado me impiden volar

A estas estrofas, ella agregó lo siguiente:

Rómpelas, Madre adorada,
y atendiendo de tu hija el clamor,
haz que pronto a tus plantas sagradas
mi alma llegue rendida de amor.