3. Pobreza


Íntimamente relacionada con la humildad, la pobreza evangélica "se opone a la soberbia y el egoísmo, al ansia de poseer con exclusión de los otros". Ella "manifiesta que Dios es la única riqueza verdadera del hombre. Vivida según el ejemplo de Cristo, es expresión de la entrega total de sí que las tres divinas Personas se hacen recíprocamente... La profundidad de la pobreza de Cristo se revela en la oblación de todo lo suyo al Padre" (Cf. Vida Consagrada, N°s 21 y 22).

Cada familia religiosa en la Iglesia conserva su estilo propio de vivir la pobreza. No es lo mismo la pobreza de un dominico que la de un hijo de San Francisco, por ejemplo.

¿Cuál fue el estilo de pobreza de nuestra Madre María de San José?

A mi modo de ver, no fue otro que aquel que vivió y formuló en su Regla nuestro Padre San Agustín: Todo cuanto ella se contiene está ordenado a la caridad, al bien común. "... de tal modo - escribe Agustín - que en todas las cosas que utiliza la necesidad transitoria, resplandezca la caridad que perdura" (Reg. V, 2). "Es mejor necesitar poco que tener mucho" (Reg. III, 5)

La actuales constituciones congregacionales rezan: Nuestra vida de pobreza debe ser "de hecho y de espíritu, esforzadamente sobria y desprendida de las riquezas terrenales" (II, 19).

Nada de lujos; nada de cosas superfluas, ¡ni siquiera en apariencia!

Aparte de la renuncia a la propiedad de bienes temporales y de la sobriedad en su uso, a nivel personal e institucional, existen otros elementos muy importantes como son el espíritu de trabajo y la disponibilidad en el servicio; el abandonarse confiadamente en las manos del Padre Celestial y "aceptar con paciencia y hasta con alegría la falta de lo necesario" (Const. de 1931, XI, 34).

Llama la atención el equilibrio, la dignidad observada por nuestra Madre en el ejercicio de esta virtud. Por sobre todas las cosas, la caridad con el prójimo, con sus Hermanas. Sí, todas debían estar dispuestas al sacrificio; pero las encargadas de proveer de lo necesario debían ser diligentes. En algunas de sus cartas lo recomienda expresamente: que las Hermanas se alimenten bien; que no se derroche, pero que tampoco se prive de lo necesario. Le gustaba y exigía la buena presentación de las personas a su cargo, de lo cual ella misma daba ejemplo. Lo necesario y modesto. ¿No fue así la vida ordinaria de Jesús?. Si no está presente la caridad, ¿de qué sirve la pobreza? ¡Pura mezquindad!

A mi juicio, y apoyada en la experiencia de vida en la Congregación junto a nuestra Madre María, fue éste el estilo de pobreza que ella imprimió en su familia religiosa. Otros grados de mayor radicalidad externa, ya entrarían en el ámbito de lo individual, como respuesta a una exigencia peculiar por parte de Dios.