2. Humildad


Es interesante preguntarse qué lugar ocupa hoy esa virtud que se llama HUMILDAD, en nuestra sociedad, en nuestra ambiente. Que interpretación se le concede, y cuál es realmente su naturaleza, su identidad como virtud netamente evangélica, cristiana, cuyo maestro y modelo es Cristo. "Aprendan de mí, dijo Jesús, que soy manso y humilde de corazón" Y agregó: "y hallarán descanso para sus almas"(Mt 11,29).

Muy lejos, por tanto, de cualquier idea que exprese espíritu o sentimientos serviles, a base de temor o adulación rastrera; lejos de asemejarse o confundirse con el llamado "complejo de inferioridad"; lejos de ser una cualidad de temperamentos o espíritus encogidos, apocados; al contrario, la humildad como antes señalé, es un valor evangélico fundamental, campo de lucha permanente, propio de espíritus fuertes, de fe robusta y dueños de sí. Se contrapone a la soberbia, a la altivez, a la autosuficiencia y a la arrogancia. "Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes". La humildad es condición para entrar en el reino de Dios, reservado a los pobres, a los que se hacen como niños, que no alardean de sus obras, sino que reconociéndose totalmente dependientes de Dios, lo esperan todo de él; que se declaran pecadores, necesitados de la misericordia divina, de su perdón y gracia.

Toda la vida de Jesús lleva el sello de la humildad, pues habiéndose encarnado en la bajeza del hombre, renuncia a su propia gloria (ser igual a Dios), para que mediante su humillación, Dios sea glorificado y el hombre salvado.

Caridad y unidad; pobreza y humildad andan juntas. Jesús pide no solo humildad delante de Dios, sino también servicio humilde a los hermanos, al prójimo. En algunos catálogos neotestamentarios de virtudes, la humildad es presupuesto de la caridad, del amor. En la escena del lavatorio de los pies durante la última cena (Jn 13, 12 - 15), el Maestro exige esta actitud de humildad para entrar en comunión con él y tener "parte en su gloria". La humildad de Jesús abre a sus discípulos la posibilidad de practicar la humildad unos con otros. "Ejemplo os he dado", les dijo. Y el ejemplo es un acto a menudo más eficaz que las normas y las leyes.

En cuanto a la humildad que caracterizó a la Madre María de San José, elegimos algunas opiniones de los teólogos censores en el congreso especial sobre su vida y virtudes:

"Los escritos de la Madre María son un testimonio de la humildad interior de la sierva de Dios, que está a la raíz y es la fuente de aquellas formas externas de humildad, que tanto impresionan a los testigos, los cuales en sus declaraciones citan con particular evidencia esta virtud: humildad en las palabras, en el comportamiento, en la huída de toda forma de honores, en la búsqueda del ocultamiento, en la aceptación de las observaciones, en el conocimiento de las propias limitaciones, en el ejercicio de los más humildes servicios en la comunidad religiosa".

"... Puesto que estas amargas confesiones (de sus faltas), van habitualmente acompañadas de fervientes gracias y alabanzas a Dios, debemos decir que nos encontramos ante aquellas "confesiones" que constituyen la expresión de la humildad de los santos, los cuales, en el profundo conocimiento de la santidad de Dios y de la propia bajeza y miseria, llegan a medir la distancia abismal que existe entre la grandeza de Dios y la nada de la criatura; entre las divinas perfecciones y la radical pobreza del hombre".

"... Frente a la experiencia de su radical pobreza, no encuentra motivo de abatimiento, sino que se lanza a una esperanza más fuerte y pura, rica de fe y de abandono en el amor misericordioso de Jesús".

A pesar de que la Madre María claramente agradece a Dios el no haber cometido durante su vida faltas deliberadas, se siente al mismo tiempo miserable pecadora, que sólo cuenta con los méritos infinitos de su Esposo y los de la Santísima Virgen, madre amantísima, refugio de pecadores. Sólo Dios es el autor de todo bien: sólo a él la gloria y la alabanza. Ella no es más que una criatura llena de imperfecciones, la última de sus esposas. Con San Agustín repetía: "¿Quién será el necio que pueda atribuirse a sí lo que no puede hacer sino la gracia divina?".

"Mi vida ha pasado siempre escondida, haciendo el bien (si lo he hecho), deseando que sólo Dios sea testigo, sólo él, sin esperar aquí en la tierra recompensa...Sí, Jesús mío, bien me conocéis: nada soy, nada puedo. Si hago algún bien tú sólo eres el autor: todo es tuyo, de mí sólo tengo pecado, miseria y la nada... Hacedme amar la humildad, que yo desaparezca, "que me conozca para aborrecerme y a ti para amarte" como dijo nuestro gran Padre San Agustín". (Escritos, noviembre 1943).

"Busque el tesoro de la humildad, que sin ella y los sufrimientos, no hay cielo" (Cartas, 1958).

"No nos ha dicho nuestro divino Salvador: - Aprended de mí a hacer milagros ni grandes cosas; sólo se limitó a decirnos con gran encarecimiento: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, más nada. Y nuestro Padre San Agustín nos dice: ¿Preguntas qué necesitas para ser santo? Se humilde; para ser muy santo, sé muy humilde y para ser santísimo, se humildísimo" (Carta sin fecha).

"Sin la humildad, no podemos llegar a la perfección."

Pedía a Dios: "Enseñadme a amarte, a ser humilde; sobre todo la humildad, ¡cuánto la necesito! Tú lo sabes y todos cuantos me rodean saben que no tengo ninguna virtud". (Escritos, 1922).