1. La Caridad


Se ha dicho que la caridad es la "reina de las virtudes", entendida como amor a Dios y al prójimo. Es la virtud más excelsa.

En el capítulo XII, versículo 28, de San Marcos, se narra la escena del escriba que interrogó a Jesús sobre cuál es el primero de todos los mandamientos, a lo que el Señor le respondió: "El primero es: Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que estos". Y San Pablo declara que en el cumplimiento de estos dos mandamientos se encierra toda la Ley y los Profetas. San Agustín nos exhorta: "Ama y haz lo que quieras", porque quien ama hará la voluntad del amado. Quien ama a Dios con la totalidad que expresa el primer mandamiento: "con todo el corazón, con todas las fuerzas", ¿qué puede querer, sino lo que Dios quiere?.

Una sola es la fuente de este amor a Dios y al prójimo: El Espíritu Santo "derramado en nuestros corazones" (Rom 5,5). En este sentido refiriéndose a la Madre María, uno de los teólogos censores escribe: "Los escritos espirituales de la sierva de Dios, evidencian este inconmensurable amor a Dios. Habla de Dios como una enamorada, y su lenguaje es propio de un alma contemplativa, o mejor de un místico" (Voto IX).

Toda su existencia no es más que un canto de amor y gratitud al Señor, en una viva esperanza y anhelo de eterna posesión.

Esta vida en el Espíritu cuando es verdadera y profunda, nos introduce más auténticamente en el misterio del hombre; nos hace más cercanos y comprensivos, al mismo tiempo que nos capacita para intuir y descubrir la realidad y necesidades de los hermanos, como Jesús y María en las Bodas de Caná. "Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, dice Pablo, no es de Cristo, porque sólo los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios" (Rom 8, 9 - 14), y por consiguiente hermanos entre sí.

"Si alguno tiene sed, dice Jesús solemnemente, venga a mí, y beba el que crea en mí, como dice la Escritura: De su seno manarán ríos de agua viva. - Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él" (Jn 7, 37 - 39). Y el espíritu es AMOR, es CARIDAD.

"¡Oh, sublime caridad! - escribió nuestra Madre María - sé tú el norte que guíe a nuestras Hermanas" (CT, 1906). Y aseguraba: " Las faltas de caridad fraterna provienen del poco amor de Dios".

A parte de sus obras benéficas al servicio de los más pobres, según el fin de la Congregación, su caridad fraterna se extendía a todos los hijos de Dios, sin discriminación. En cierta oportunidad, una de sus religiosas le dijo cariñosamente: - Madre, usted exagera. Dios nos manda a amar al prójimo como a nosotros mismos, y usted lo ama más que a usted. A lo que la Madre respondió: No, mijita: lo amo como él quiere que lo ame, como él ama. No sabemos cuánto ama Dios a esa alma. El "mandamiento nuevo" de Jesús es: "Amense unos a otros como yo los he amado". Y él "amó hasta el extremo", hasta la cruz.

Así lo entendió ella y así se esforzó en vivirlo. La Madre María se reconoce profundamente pecadora, pero también por gracia de Dios, poseedora de un corazón magnánimo, amplio, dispuesto a perdonar y a olvidar las ofensas por graves que fuesen. La caridad la cristifica y orienta. En su carácter de fundadora y madre general, será para ella la máxima expresión de la Ley, que la llevará a actuar evangélicamente con firmeza, seguridad y sabiduría.

No dudo en afirmar que la caridad unificó su espíritu y su vida toda: Fue la hija de Dios cuidadosa de agradarle hasta en los detalles, fiel a su voluntad. La esposa amante, que embriagada en amor divino, se veía inmersa en una atmósfera celestial, y a la vez, se comportaba como la mujer, madre y hermana solícita, obsequiosa y bien educada, tierna y femenina que sabía hacerse presente en las necesidades, apremios o circunstancias especiales de quienes la rodeaban: una felicitación, un estímulo, unas notas de gratitud o de condolencia; en ocasiones un simple y afectuoso recuerdo expresado por escrito, o una ayuda económica discreta y silenciosa, oportuna. En esto fue admirable. Una faceta importante de su caridad fraterna fue la actitud de acogida, de escucha, de aceptación del otro; y la de saber sembrar paz y alegría donde ella se hacía presente.

Algunas opiniones de los teólogos censores en Roma - como las siguientes - resumen nítidamente cuanto esta virtud significó en su camino de santidad:

"La caridad, practicada desde niña, es la virtud que acompaña a la fe y la esperanza, y también ésta fue vivida sin duda alguna en grado superlativo por la sierva de Dios (...) Caridad hacia Dios y hacia el prójimo, hacia sus Hermanas; caridad vivida neutralizando las dificultades de su carácter - que a veces pudieron aflorar y hacerla sufrir - con fuerte confianza en Dios, con humildad, con constancia: además, la bella prueba que da de sí en los últimos años de su vida, no ya superiora general, Hermana como las otras, es de relevancia".

"La caridad, vivida siempre más en la explícita unión con Dios, fue también una participación suya en el amor de Dios mismo a todos sus hijos (...) Como este amor divino es el móvil de la oblación de Cristo como víctima expiatoria de los pecados, así la participación de este amor en su alma, era sentida por la sierva de Dios como una necesidad de reavivar continuamente su propia caridad hacia el prójimo, sobre todo hacia los pecadores y hacia aquellos que con frecuencia son víctimas de los pecados de otros. El amor por los pecadores y el deseo de expiar por ellos para obtener su conversión, es un motivo constante en sus escritos y en las conversaciones con las Hermanas".

Ejemplos y testimonios de caridad fraterna en la vida de la Madre María, abundan y sobreabundan. La caridad entrelaza su existencia toda según queda señalado.

No deja de impresionarme fuertemente el hecho de que si bien los sacramentos son todos acciones de Cristo, el bautismo y la eucaristía - los dos sacramentos que marcan la espiritualidad de la Madre María - nacieron del corazón de Cristo en la cruz, cuando atravesado por la lanza, de él "brotó sangre y agua" (Juan 19, 34). Esta parece ser la visión joánica. De allí brotó el amor de Dios a través de la humanidad de su Hijo, a través del corazón roto, "en el agua y en la sangre, y en la primera de Juan (5, 7), se dice: "El espíritu, el agua y la sangre son los tres que dan testimonio" de ese amor salvífico de Dios. En esa fuente bebió abundantemente la Madre María, sació su sed y enseñó a saciarla.

Las así llamadas tradicionalmente "obras de misericordia" (espirituales y corporales), como un aspecto práctico de la caridad de la fraterna, fluyeron de su vida a manos llenas. ¿No iba a ser así, si en cada prójimo reconocía a un hijo de Dios?. Uno de los censores teólogos del Congreso especial sobre virtudes, concluye así: "Toda la vida de la sierva de Dios estuvo en hechos, y no sólo en palabras, indivisiblemente en caridad hacia Dios y hacia el prójimo" (Voto II).