2. Luchas y Tentaciones.



En este arduo empeño sufrió fuertes y constantes tentaciones y embates del Enemigo, como ocurre con toda persona que de veras quiera servir a Dios. El Enemigo acecha. Por eso Jesús en la oración del padrenuestro nos enseñó a pedir: - No nos dejes caer en la tentación.

Sabemos que no todas las tentaciones que el hombre padece, proceden del demonio. Unas tiene su origen en la propia concupiscencia, que le atrae y le seduce (Sant. 1, 14). Con todo, muchas tentaciones proceden del Maligno, envidioso del hombre y soberbio contra Dios.

Expresa y claramente consta en la divina revelación: "Revístanse de la armadura de Dios para que puedan resistir a las insidias del diablo. Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal que están en las alturas" (Efes 6, 11-13). Y san Pedro invita a ser sobrios y a vigilar porque "el diablo, vuestro adversario, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar" (1 Ped 5,8). También el Hijo de Dios, Jesús, fue sometido a la tentación en el desierto, dándonos ejemplo de cómo hay que enfrentarla y vencerla (Luc 4, 1-14). Dios permite que seamos tentados por nuestros enemigos espirituales a fin de darnos ocasión de mayores merecimientos; pero jamás "permitirá que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas" (I Cor 10, 13); antes bien, nos auxilia y fortalece.

En este contexto, nada de extraño resulta el que nuestra Madre María haya padecido los ataques del Maligno hasta en los últimos momentos de su vida, ya que la fe, la experiencia y la lógica nos enseñan que a extraordinarios designios de Dios sobre un alma, corresponden extraordinarios asaltos del Enemigo.

El apóstol Santiago afirma: "¡Feliz el hombre que soporta la tentación! Superada la prueba, recibirá la corona de la vida que ha prometido el Señor a los que le aman" (1, 12)

¡Lejos de ella consentir en algo que mancillara la diafanidad de su alma!

Padeció tentaciones contra las verdades de la fe, la esperanza de la vida eterna, dudas sobre la salvación de su alma. Sus testimonios escritos son elocuentes y a veces conmovedores por la inenarrable perturbación que producían en su espíritu, todo de Dios, cuyo único temor era perderlo:

"No temo a nada, sino desagradar a mi Dios, y tiemblo ante el pensamiento de perder a Aquél que ha sido mi único amor y mí única esperanza; pero si así lo merecen mis pecados, acepto gustosa y contenta el cumplimiento de la divina Justicia" (Carta si fecha).

Uno de sus más agudos sufrimientos, están expresados en sus escritos: "¿Cómo puedo desesperar de mi salvación a la vista de mi crucifijo y de su sangre vertida por mí? ¡Dios mío! Ella me inspira confianza: vuelvo mis ojos a ti y hacia tu Madre y mía" (1906). "No saber si soy digna de amor o de odio [por parte de Dios], esto me aterra. Tengo gran confianza en tu misericordia infinita, que cuanto más lo medito, más inmensa la veo" (1927). Ante el acoso de la tentación, reacciona con actos contrarios de fe, de confianza, de humildad, de amor.

En 1932 escribe: " Me he preguntado qué haría si tuviera la certeza de no ser predestinada para el cielo... Me lleno de espanto ante este pensamiento, pero os digo Jesús mío, que si no lo fuese, os amaría y serviría hasta la muerte, con la misma fidelidad que si por revelación divina, supiera era predestinada para el cielo". "En días pasados - confiesa en 1938 - tuve una de aquellas tempestades en que veo todo el infierno como desencadenado, ¡qué horror! ¡Ay! me parece que tú me has abandonado; no, de ningún modo: tu gracia y el auxilio de mi adorada Madre de pureza, me libran de tantas tempestades".

Se deja ver que el ataque del Maligno era frecuente: en 1943 escribe: "Hoy he sufrido una de ésas que el Enemigo me trae siempre... Bien sabes, Esposo mío, que no quiero desagradarte en nada y que, antes mil veces morir, lo deseo con toda mi alma".

Tales tentaciones y "tempestades" como ella las llama, no hacían sino purificar su virtud y arrojarla dulcemente confiada en los brazos de su Dios, Padre y Esposo: "¡Qué dulce es ir confiada, después de la lucha, al Amor de los amores!"

Exhortaciones:

Las presentes exhortaciones fueros escritas para sus hijas espirituales, para las Hermanas; sin embargo, por su exactitud y vigencia y por el espíritu que destilan, pueden ser de utilidad para cualquier cristiano en su vida de fe.



* Podemos servir al Señor con alegría; no quiero verlas tristes.

* No olvidéis que debéis aspirar cada día más y más a la perfección.

* Que cada una trabaje mucho por llegar a la cima de la perfección; que sepamos corresponder generosamente a tantos beneficios.

* Hay que corregirse y trabajar en la santificación y adelanto espiritual.. Manos a la obra y ¡adelante!

* No hay que desanimarse: adelante y aprenderá con los golpes, la gran virtud de la santidad... No está la perfección en saber mucho, sino en saber dominarnos.

* Sirva a Dios con amor y gran fidelidad y tendrá seguro el cielo... El tiempo vale lo que la sangre preciosa de Jesucristo nuestro Señor. Así que, aproveche el tiempo.

* El tiempo se nos ha dado para trabajar, la eternidad, el cielo para descansar.

* Sepamos corresponder a tan insigne favor siendo humildes, caritativas, observantes de nuestras santas reglas y constituciones sirviendo fiel y generosamente a nuestro buen Dios.

* Preguntan cómo le ha ido. Cuando se trabaja por Dios y por la salvación de las almas, va bien dondequiera. El todo es estar unidas en la verdadera caridad.

* Salís a cumplir vuestra misión, vais adonde os lleva el esposo de vuestras almas, y debéis ir muy contentas porque vais cumpliendo su adorable voluntad.

* Como en todo debemos ver la soberana voluntad de quien todo lo puede, no debemos vacilar ni un solo instante en cumplirla con alegría.

* Obedeced, callad y haced en todo la voluntad de ese Dios a quien amamos en la divina Eucaristía.

* Cante y piense en el cielo que nos espera...Así es que, a animarse para saber amar a Dios con todo nuestro corazón y nuestra alma.

* A las novicias: Atesorad mucho, muchísimo, para vuestra vida religiosa, para ese porvenir que os aguarda, para ese cielo que os espera si perseveráis hasta la muerte. Trabajad sin descanso en esta vida de luchas: el cielo, la posesión de Dios os espera.

* Desearía verlas a todas muy santas y perseverar hasta el fin.

* ¡Adelante y siempre adelante, amadas hijas! No olviden que esta tierra es para trabajar y el cielo para descansar y gozar eternamente; que las cosas por grandes que sean, son nada en comparación de la eternidad feliz que nos espera; que el mundo, aunque mucho ofrezca, nada puede dar.

* Al solo pensamiento de aquella patria celestial debiera parecernos nada las cruces, las tribulaciones, en fin, cuanto tengamos que sufrir en este destierro, ya nos vengan por manos de las criaturas, ya directamente de Dios, pues que todas vienen de lo alto.

Este aspecto tan importante y acentuado, fue captado así por uno de los teólogos censores de Roma:

"Su esperanza teologal no se manifiesta sólo en los ardientes deseos de poseer al Señor [en el cielo], sino que viene acrecentada por las mismas dificultades, por las pruebas interiores que no le faltan, y por todo aquello que ella considera faltas o imperfecciones".

A un joven sacerdote muy querido para ella y ausente de la patria, le escribe: "Nada te parezca duro en esa hermosa vida, nada te amedrente; que tu amor a la Inmaculada Madre y al Dios de la Eucaristía llene todo tu corazón. La tierra para trabajar hasta morir; el cielo para gozar por toda la eternidad. ¡Qué esperanza tan encantadora! ¡Cómo se siente uno fortalecida con el pensamiento en el cielo! ¡Adelante... y siempre adelante"!

Claramente puede observarse que la esperanza del cielo constituyó para nuestra Madre María - contemplativa y activa - un fuerte acicate, una espoleante motivación en todas las manifestaciones de su vida. Como lo revela en carta al padre Ángel Latorre, agustino recoleto, fue "su secreto".

Dice así: "La Madre María tiene un secreto para poder sobrellevar todo lo que se le presenta y que Dios le envía, y es pensar que el cielo se acerca, que todo tiene su término en esta vida de penas e ingratitudes. ¿No le parece al Padre Ángel muy consolador?".

En 1926 escribe: "¡Qué rareza! Ya me ha pasado tres veces: en un instante, como dos segundos, me imagino que estoy en posesión del cielo. Yo experimento un gozo y rareza celestial (...); es grande, pero muy corto".