4. Vocación de Amor en Cristo.


Virginidad consagrada sin amor, no tiene sentido alguno. A este propósito san Agustín dice en su Enarrat. in Psalm. 99: "Si sois vírgenes, ¡de qué os sirve una carne intacta, si el espíritu está corrompido? Más vale un matrimonio humilde que una virginidad orgullosa". Y podría agregarse "o egoísta", encerrada en sí misma, sin irradiación afectiva y efectiva.

La consagrada a Dios no es una verdadera "sponsa Christi" más que cuando su vida es una realidad de amor, en primer término a Cristo, fuente de amor, y al mismo tiempo en una participación mayor en el amor de Jesús a todas las criaturas, y no sólo al "prójimo", sino a personas determinadas, a seres humanos en su individualidad concreta. Este amor no conoce límites en intensidad y en profundidad, sino solamente en el modo, porque el amor de la consagrada es en Jesús y con Jesús; de ahí que sea mucho más puro que cualquier otro amor. La vocación de una esposa de Cristo es, pues, amar. Cuanto más estrechamente viva unida al Dios Amor, tanto más sabrá amar. No hay que ocultar el peligro en el que renuncia al matrimonio natural por Cristo, del endurecimiento del corazón, de cierta apatía o de esa especie de "esclerosis" afectiva que sólo puede evitarse en la vivencia plena y gozosa de una auténtica fidelidad a la persona de Cristo.

Los números 16 y 18 de nuestras constituciones basadas en la doctrina renovadora del Concilio Vaticano II, y entrelazados con una alusión a nuestra Madre fundadora, expresan: "La renuncia al matrimonio, lejos de conducirnos a una actitud egoísta expande y purifica nuestra potencia afectiva, y por la íntima alianza con el Señor, se convierte en fuente de fecundidad espiritual y nos asocia a la acción de la santísima Virgen en la Iglesia". " La vivencia de la castidad consagrada como amor esponsal, es gracia llamada a un continuo crecimiento", y permítaseme agregar: de un interminable florecimiento espiritual en el reino de Cristo. La sublimidad de esta vocación presupone pues, el evitar toda compensación mediante bienes inferiores, por nobles que estos sean, ya que se cuenta espléndidamente con la ayuda sobrenatural y la presencia siempre operante de Cristo, que transforma la existencia en "sacramento" de su propio amor. De aquí se derivan importantes consecuencias como la fecundidad espiritual, el valor intrínseco del apostolado como misión (solo puede hablar de Dios quien lo lleva en sí), y el testimonio esperanzador de una vida eterna feliz en Dios.

Todo lo anteriormente expuesto, intensamente vivido por nuestra Madre María, es la razón fundamental del inefable gozo y felicidad que respiran sus escritos. No admitía "medias tintas"en el amor al Esposo Jesús, ni espíritus taciturnos crónicos, mezquinos, en su servicio: Debemos servir al Señor con alegría, por amor, como esposas, no como siervas. De ello nos dio ejemplo.

En los Ejercicios espirituales de 1918 lo expresa así:

"Dulcísimo Esposo de mi alma: desde hoy quiero serviros con vuestra ayuda, no como esclava, por temor, ni como mercenaria por la recompensa, sino como esposa fidelísima, pues las esposas sirven por amor".

Fue esta su constante motivación: "Por amor y en espera del cielo" no sólo para sí, sino también para sus religiosas. En este punto fue muy exigente:

"Que el amor de Jesucristo - escribía a una Hermana - embargue todo su ánimo y ocupe todo su corazón. ¿Por qué robar ni una sola partecita del amor que sólo a él debemos? ¿por qué no amar a la criatura sólo por el Creador? Cuando el amor de Jesús y de Jesús Sacramentado ocupe todo nuestro corazón, entonces experimentaremos felicidad completa y tranquilidad en el alma". A otra Hermana escribía: "Ame mucho a su esposo, sea toda de él y sólo de él: las criaturas hoy son y mañana... nada! Hay que apartar todo lo que nos aparta de Dios; que nuestro corazón sea de él, sólo y sólo de él".

En conversación ocasional, la opinión de un especialista de que "Laura hubiese sido una esposa ideal", me indujo a relacionar esta afirmación con la de una reconocido autor cuando escribe: "Cuanto más profunda es en el alma la huella del carácter de esposa aún en el sentido terreno, más capaz es de convertirse en "esposa de Cristo".

De aquí se desprende también, lógicamente ese don divino de la maternidad espiritual que caracteriza a quienes amando entrañablemente a Cristo, lo dan a luz para la humanidad, en íntima comunión con la Iglesia Madre y en analogía con la singular maternidad divina de María por obra del Espíritu. "Esta misma Virgen en su vida, fue ejemplo de aquel afecto materno, del que es necesario estén animados todos los que en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan para regenerar a los hombres" (LG, 65)