V.- DINÁMICA ESPIRITUAL DE LA MADRE MARÍA HACIA LA SANTIDAD


Hasta este momento he intentado -a la luz de la oración y la consulta- estudiar a la Madre María en su actitud de fe y oración ante el misterio de Dios y como sujeto de especiales dones por parte de ese Dios Padre. El presente capítulo quiere descubrir las líneas prácticas de su caminar hacia Dios, hacia la santidad; las raíces más fuertes y expresivas de su espiritualidad; su faceta evangélica preferida vivida hasta el heroísmo.

Releídos sus escritos, según mi modo de ver, toda su vida espiritual podría sintetizarse en un "querer" específico expresado en la frase que viene a constituir como la nervadura central de su larga trayectoria espiritual:

"Quiero que mi vida se deslice entre el calvario y el altar, la cruz y la eucaristía" (1915).

Calvario y Altar, Cruz y Eucaristía: Paralelismo aparente que encarna una única realidad: Cristo redentor, expresión del infinito amor del Padre en el Espíritu Santo. Inmolación.

Desde temprana edad, en Laura Alvarado se aprecia esta faceta sacrificial: Profundo amor a la cruz, apasionado amor a la eucaristía. Es como el descubrimiento gozoso de que en Cristo crucificado - sacramentado, reside la "fuerza y la sabiduría de Dios para los que han sido llamados". (1 Cor 1, 24). El símbolo de la cruz está siempre presente en su vida como un elemento muy particular. "Si amara la cruz -exclama- como amo las de madera!". "En la eucaristía está mi tesoro y allí está mi corazón", es una frase pronunciada a los 13 años a raíz de su primera comunión y que jamás olvidará.

En sus notas espirituales repite la misma idea, sobre todo en las primeras décadas de su vida religiosa.

1903 (profesión perpetua):

"Oh, grandioso día en el cual me consagré para siempre a mi amado Esposo! ¡Oh, Jesús! Ya no tendré ante mí sino una CRUZ... Ya he hallado a Aquel que tanto anhelaba mi corazón ... ¿Oh, amor mío Sacramentado!"

Diciembre 1903:

"La eucaristía y el calvario es nuestra vida. La cruz en la vida religiosa es dulce y suave: ¡Que dulce es para mi alma vivir entre el calvario y el sagrario! ¡Qué hermoso es vivir abrazado del árbol sacrosanto, del leño adorado, y después de estar completamente crucificada en él, volver los ojos al tabernáculo! ¡Cuán grato y consolador es esto!".

1905: "Cuán feliz es la religiosa que observa su santa Regla y tiene puesto su corazón en el sagrario y en el leño sacrosanto de la cruz! He aquí cómo quiero vivir: abrazada con la cruz y confortada en la divina eucaristía".

"Oh, madero sacrosanto, sólo en ti y al pie del tabernáculo, es donde mi alma se siente fortalecida! Vosotras formáis mis más puras delicias. ¡Oh, santa Hostia, oh cruz adorable! Embriagadme en vuestro amor" (Nota escrita en el librito de la Regla).

1906: "Quiero vivir y morir al pie del dulce Jesús, abrazando con ternura el lábaro de la cruz".

1915: "Cual pura hostia yo quiero

inmolarme y por tu amor,

ofrecerme en sacrificio

a cada instante, Señor".

"Quiero amor, sacrificio"

...

"Al pie del sagrario descanso contenta, le cuento mis penas al dulce Jesús, y vuelve a mi alma la dulce alegría fijando la vista en mi hermosa cruz".

Como es fácil de observar, su sentido de "cruz" está enraizado en una dimensión pascual, de paz, de alegría y esperanza: "Las penas y sufrimientos son preciosas flores que adornarán nuestra eterna corona" (C. a M.A.). "Mientras más sufrimos aquí, más gozaremos allá" (CH).

1922: "Por fin veo realizado un gran deseo: el crucifijo de nuestra amada capillita. ¡El sagrario y la cruz!!! El calvario y el tabernáculo, y ahí muy cerca, mi adorada Madre de las Mercedes completando mi contento. Si amara las cruces como amo las de madera, cuán feliz sería! Bien sabes, mi Jesús, cuánto deseo amarlas y estrecharme con ellas cualesquiera que fuesen!".

En relación a su devoción hacia las "cruces de madera", llama la atención la presencia muda pero elocuente de un modelo único de cruz de madera en cada una de las comunidades por ella fundadas; sus fotografías al lado de una cruz, y el hecho de pedir para su sepultura, le fuese colocada una gran cruz sobre el pecho, la que se conservó intacta junto a su cuerpo incorrupto durante 27 años, a pesar de que el ataúd también de madera, estaba destruido.

1931: La nota de este año reviste un tinte particular. Es la víspera del 8 de diciembre, fecha de su primera comunión, que anualmente celebraba con un retiro espiritual de tres días:

"...fiesta de imborrables recuerdos!... mañana 8 de diciembre, ¡qué día tan encantador! En este feliz día recibí por vez primera el dulce Esposo de mi alma y también mis íntimos y eternos desposorios. ¡Oh, Jesús mío, qué de gracias!. Hoy he pensado: ¿por qué siempre he sentido un encanto entre la eucaristía y el calvario? Y me lo explicó después de tantos años: Cuando creí oír, dulce Jesús que sí podía unirse el alma a Dios en eterna unión, estabas, oh, divina Hostia en el altar del calvario. Así que estaba la eucaristía y el calvario!!! ¡Qué coincidencia tan grande! ¡qué cosas! Mejor es callar, y como aquel profeta decir: "Mi secreto para mí" Gracias, mi buen Jesús, Gracias adorada Madre".

Habla de esa experiencia especialísima cuando ante el altar del crucificado y la eucaristía, siente vivamente el deseo de entregarse a Dios, y sin tener conocimiento de consagración religiosa, de vida religiosa, simplemente pregunta al Señor si ella puede unirse a él matrimonio, "como las mujeres a sus esposos" y oyó un SI tan inconfundible como el asentimiento de la imagen de María santísima mediante una inclinación de cabeza. Aparte de estos datos, ella mantuvo esta experiencia como su "secreto".

Ahora es interesante destacar algunos tópicos del hecho: El que la eucaristía estuviera en el "altar del calvario", ella no lo denomina casualidad, sino "coincidencia". Y una coincidencia que fue providencial, lo que vendría a constituir de parte de Dios el lugar teológico de su manifestación, de su llamamiento a seguirlo en este contexto precisamente; con ese sello que la marcará toda su vida, aunque en forma latente - guiada por el Espíritu- sin un conocimiento explícito del "por qué" según su texto.

En relación a la cruz expongo algunas ideas fundamentales:

"Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Lc 9,23). Sólo a través de la cruz, es posible seguir a Jesús, hasta identificarse con él. "Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí". (Tn 14,6)

En Jn., capítulo I, versículos 29 y 36, Juan Bautista identifica a Jesús: "He ahí el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo". Así lo propone a los discípulos que quieren seguir al Maestro. Es un grupo que sigue al Mesías, al Cristo, "el inmolado". La cruz es pues el símbolo del amor divino hecho sacrificio hasta el extremo en la persona del Hijo, Jesucristo. Es signo de salvación: en su verticalidad, Dios desciende hasta el hombre como torrente de gracia, y desde la humilde condición de criatura redimida, el hombre asciende hacia Dios en fe agradecida. La horizontalidad de la cruz, los brazos abiertos del Crucificado por amor, es expresión de esa donación total, de apertura infinita e ilimitada, universal, a todos los hijos de Dios.

El estado religioso responde al fin deseado por el amor al Crucificado, porque es el camino de cruz, sacrificio, renunciamiento. Si se quiere sufrir es para asemejarse a Aquel que llevó sobre sí todo el sufrimiento del mundo para salvar al mundo; para "desposarse" con él especialmente en el sufrimiento redentor. Sufrir es "morir" y morir por Cristo, dar la vida por él, es la mayor prueba de amor, es "vivir" de Jesús. Misterio de amor sobrenatural que san Pablo expresa así: "Para mí, vivir es Cristo, y morir es para mí ganacia". (Filip. 1,21)

Es decir, el amor actualizado en la voluntad de sacrificio por Jesús, representa ya bajo ese aspecto, un lazo de unión especial con Dios, que es principio vital de la "esposa". Por eso, cuando la Madre María escribe: "Quiero amor, sacrificio", no distingue "amor" y "sacrificio", porque para ella significan lo mismo, en progresiva identificación con el Amado.

Que este transitorio "morir" por Cristo engendra vida "eterna" y glorificación de Dios, está expresado en forma gráfica y profunda en la perícopa de san Juan cuando Jesús, poco antes de morir, compara la Vida al grano de trigo, que si cae en tierra y muere, da mucho fruto (Jn 11, 23-28).

Tan convencida está nuestra Madre de la necesidad de la cruz en la vida espiritual, que en carta a una Hermana, le dice: "Yo llevaré mi cruz hasta el sepulcro, alegre y contenta con penas y amarguras. Ese es el camino, ¿por qué lo he de torcer?"

La presencia de la cruz es misterio insondable de fe. En sus escritos , la beata María deja constancia de que nada le resulta pesado en el servicio de Dios, por ejemplo cuando afirma: "Nada me ha cansado. ¡Qué feliz he sido siempre y soy! Lo que sí es cierto que llevo sobre mis hombros el peso de mis pecados (1936). Sin embargo, experimenta además otra cruz íntima y profunda, con tintes de dramaticidad indescriptible: Es la responsabilidad espiritual sobre los otros; es sentirse comprometida y a la vez impotente ante la libertad ajena, que no siempre acepta el designo de Dios Padre. A este respecto, gime: "Señor, ¿es que no escuchas mi constante oración?"

En 1925, tal vez movida por esta experiencia, escribe:

"Haré cuanto esté de mi parte para sobrellevar la pesadísima cruz del superiorato. ¡Qué pesada es, Jesús mío, qué pesada es! Ya me encuentro como extenuada, ya me faltan las fuerzas. Tened piedad de mí".

Otros párrafos por el estilo - posteriores a 1936 - son de particular elocuencia He aquí algunos:

"¿Qué he de decirte hoy, esposo mío, que tú no sepas? Mi alma sufre lo indecible... Yo no sé qué pensar.... Perdóname, pero cómo vas a querer que se te vayan tus esposas?... Yo me siento muy abatida, y si fuera posible, me iría a un convento aunque fuera a recoger basura; pero Señor, tú me darás fuerza y más fuerza hasta el fin".

"Os pido con toda mi alma, si soy obstáculo para el adelantamiento de nuestra Congregación y no se atreven a poner el remedio destituyéndome del cargo, hazlo tú, esposo amado, llevando a tu pobre e inútil sierva, de este mundo a la patria amada. Oídme, dulce y amante Salvador mío".

"Jesús mío, me siento sin fuerzas... Si me fuera posible, me retiraría a un convento, todavía puedo ayudar en algo, pero cómo hago esto? Tú lo sabes y puedes todo. Haz de mí lo que quieras".

"Me entristece, Jesús mío, el atraso en que estamos; tiene que estar el mal en esta pobre que no ha sabido gobernar la Congregación, pero ¿quién mandó a nuestro Padre a poner en mis manos obra tan grande? Mía no es la culpa, tú bien sabes que no sirvo..."

"Mañana 22, entra nuestra humilde Congregación en su año jubilar: no sé qué decirte, mi amado Jesús no sé qué decirte. He hecho lo que he podido, bien sabes, soy ignorante y no reúno las condiciones ni aptitudes para cargo tan tremendo".

"Tiemblo al pensar si no he sabido cumplir con mi deber... si se habrá perdido alguna de las almas confiadas a mi cuidado. No lo permitas, Jesús mío, esto me aterra. Yo quisiera la salvación de todo el mundo. Tu misericordia es infinitamente grande".

Y cuando experimenta que los resultados no corresponden a sus múltiples esfuerzos; cuando sus fervientes oraciones parecen no ser escuchadas en bien de esas almas, ¿qué más le queda? Apela a un acto heroico de maternidad espiritual: "Hijas de mi virginidad ¡cuánto las amo!... Dales, oh, mi Jesús, el verdadero espíritu religioso... son las hijas de mi corazón... ¡Las amo tanto, Jesús mío! Acepta te lo suplico, el sacrificio de mi vida por el bien espiritual de las Hermanitas mías" (E. sin fecha)

El sentido redentor de la cruz no se reduce al "bien espiritual" de sus hijas. Se extiende a todos los necesitados. A la santísima Virgen le implora: "Madre adorada, presentadle [a tu divino Hijo], mis imperfecciones que son tantas; mis penas, mis angustias, que son tan grandes. Presentadles mis hijos que son tantos pecadores que se pierden, las almas del purgatorio, mis huerfanitas todas y esta humilde Congregación, a quien tanto amo... No tardará el día, como lo espero, que haya una santa alma que la levante". Y anima a la Hermanas: "Llevemos nuestra cruz hasta el calvario, por tantas desgraciadas almas [sin la gracia de Dios]... pidamos por los pobres sacerdotes extraviados y por el mundo entero".

Aún en su ancianidad, a los 73 años de edad, aflora con fuerza la tentación de liberarse del cargo de superiora general e irse a un convento. El 28 de mayo de 1948 escribía a la Hermana María Luisa, persona de su confianza:

"Dejemos que Dios haga su voluntad. Me siento sin fuerzas...¡Qué encanto si pudiera irme a un convento a pasar mis últimos días! Siento una sed insaciable de esto, ¿qué hacer? Dios dirá". Tanto llegó a apremiarla esta inquietud, que solicitó permiso a la autoridad eclesiástica del momento y la respuesta fue contundente: "Ni pensarlo"; pero además consoladora, según consta en archivo.

A la misma Hermana le escribe: "Llevaré mi cruz hasta el calvario". "La sagrada comunión me da fortaleza, y la esperanza de que pronto termine mi destierro, me anima a llevar mi cruz hasta el fin" (E. 1936)

Gobernó su congregación durante 60 años hasta los 85 de edad (1960), sólo siete años antes de fallecer con fama de santidad. Con su muerte triunfó la esperanza.