III.- VIDA DE ORACIÓN

1. Infancia


Desde muy temprana edad, Laura Alvarado dio muestras de especial inclinación a lo "sagrado". Algo así como una sensibilidad innata a lo divino. Apenas de dos años, en Choroní, cuando su "padrino" el general Alejandro Padrón, tomándola en brazos, le preguntaba ¿qué quieres que te traiga de Maracay? Su respuesta era: - casabe pa´mí y aceite pa´mi Papá Dio [se usaban lamparitas de aceite como expresión de fe].

El padre Ignacio Larrañaga escribe: "Entre las disposiciones congénitas de la personalidad, puede existir la de una sensibilidad especial para las cosas divinas. Hay personas que nacieron con una tendencia tan fuerte para con Dios, que no pueden vivir sin Dios. Es una fuerza irresistible que les viene desde las últimas raíces (...). Yo no sé si esto es gracia o es naturaleza; si es antes del bautismo o después. En todo caso es un don de Dios. ¿Cómo llamarlo? ¿piedad? (Vida Espiritual de los religiosos, 1981, pág. 55).

Existen las "mediaciones": En el seno de su hogar fue desarrollando este "instinto divino", bajo la directa influencia de su madre Margarita, de su abuela paterna, Ana Félix, con quien aprendió a rezar el rosario a los cuatro años. En el colegio, es evidente la formación cristiana recibida de sus maestras pertenecientes a la familia Blanco González. Una "santa viejecita" cuyo nombre no menciona, la preparó durante años para la primera comunión. Y en el reverso de la fotografía de una elegante jovencita, escribió: "Mi Belencita querida, que después fue para mí una santa madre espiritual". Se trata de Belén Pelgrón.

La vida de fe y de oración aprendida en el hogar y fortalecida en el colegio, compartida en la amistad, fue madurando luego al calor de la parroquia.

Uno de los censores teólogos del proceso en Roma, escribe: "Desde muy niña, su renuncia a las cosas no sólo lícitas, sino sólo aún superfluas, parece dictada por un instinto sobrenatural de mortificar la naturaleza para dar cabida a la gracia de Dios" (Voto VI).


2. Juventud


Los 13 años, edad de su primera comunión en 1888, es especialmente importante en su vida. Se compromete con Dios como esposa y luego asesorada por un sacerdote, comenzará a observar los tres consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, según su propio testimonio.

En su hogar es maestra y catequista, sostiene la escuelita con su propio trabajo: fabricación casera de dulces criollos. La virtuosa jovencita es muy amante de la oración y el recogimiento. Diariamente se le ve asistir a la misa y ocupar el primer banco del templo, lo más cerca del altar eucarístico. Se le identifica como la "Niña del Cristo", imagen que lleva sobre el pecho como un emblema. Uno de los más dulces recuerdos de su juventud era el tiempo que pasaba en oración bajo la sombra de una planta de catigüire que existía en el solar de su casa en Maracay. Durante las visitas que dispensaba a sus familiares en Turmero, se prolongaba tanto su oración en la iglesia, que la abuela Ana Félix se veía precisada a enviar a alguien a buscarla. Parecía olvidarse de todo cuando estaba orando. Impresionaba la modestia de su porte.

En 1892 llega a Maracay en calidad de Vicario, el padre Justo Vicente López Aveledo, sacerdote joven, dinámico y fervoroso, de extraordinarias dotes humanas y espirituales, las que empleó en el servicio de esta parroquia durante 25 años. De aquí en adelante, será el guía providencial que orientará los pasos de Laura por el camino de la santidad, hasta su muerte en 1917.

El espíritu de Laura sacia su sed de Dios en una continua y profunda vida de oración en medio de las vicisitudes diarias. Aprende a orar orando, aprende en la escuela de Jesús, Hijo de Dios, el orante por excelencia, cuya delicia y alimento es "hacer la voluntad del Padre", actitud filial que va estrechamente unida a la íntima y constante comunicación con él. Jesús ora "en el monte", en medio de las turbas, en su cotidianidad apostólica, en la sinagoga, en Getsemaní, en todo momento, siempre guiado y animado por la fuerza del Espíritu. Con su palabra y con su ejemplo, Jesús nos enseña que orar es entrar por amor en comunión con la voluntad del Padre.

"Cuando la oración es concebida así - escribe el cardenal Eduardo Pironio - como una experiencia muy honda del Señor en el desierto, en la cruz o en la tarea cotidiana, como un modo privilegiado de vivir en él y en su voluntad, la oración deja de considerarse un medio: es un fin, porque en definitiva el fin es ése: vivir en comunión con la Trinidad Santísima (desde allí con los hombres) y hacer que nuestra alegría sea completa (Vida espiritual de los religiosos, 1981, pág. 247).



3. Madurez


En el trascurso de la prolongada existencia de la Madre María de San José como cristiana, servidora de los pobres, fundadora y superiora general, bajo el embate del sufrimiento y de las pruebas, su oración fue purificando y elevando su espíritu, confiriéndole ese aire de serena majestad que la caracterizó, y que se percibía como una irradiación de paz. A este respecto, dos testimonios importantes:

El primero del cardenal José Alí Lebrún Moratinos: "Desde que la vi por primera vez me impresionó su modesta compostura y su amable y sencillo trato. A su lado uno se sentía más cerca de Dios, tal era su actitud de fe. Durante mi episcopado en Maracay, se ahondó en mí esta convicción. A la Madre María se le podía aplicar el elogio que en la antigua lección histórica del Breviario Romano, tributaba la Iglesia a Santa Catalina de Sena: Nadie se acercó a ella que no se alejara siendo mejor".

El segundo presentado por el obispo de Coro, Estado Falcón, Monseñor Francisco José Iturriza, quien como Lebrún trató de cerca a la Madre:

"Hago mía la expresión valiosísima de un piadoso y ejemplar hijo de la Orden de Agustinos Recoletos, el Rvdo. Padre Angel Latorre: -Mi impresión al conocer a la Madre María fue excelente: una monja sencilla, humilde, de amena conversación y de una sonrisa amable, plácida y serena, como reflejo de una paz interior extraordinaria. Desde el primer momento inspiraba confianza, simpatía y veneración. -Esa paz interior, concluyó, sabía transmitirla en tal medida, que movido en más de una oportunidad a pedirle una plegaria suya para obtener del cielo la adecuada solución a problemas pastorales de mi diócesis, parecíame seguro de alcanzarla".

Sus notas espirituales a lo largo de sesenta años, son un reflejo de su progresiva ascensión en la vida de oración. Así escribe un censor en el Congreso peculiar de sus virtudes:

"Los escritos espirituales de la sierva de Dios, son además un testimonio de su intensa vida de oración. Oración filial, coloquio de amor, humilde súplica, ferviente alabanza, contemplación: un modelo de oración cristiana... Son el espejo del alma de la sierva de Dios" (Voto IV).

"La práctica de la oración prolongada en la acción, mantenía a la sierva de Dios unida al Señor siempre y en todo lugar, en toda circunstancia, tanto que unánimemente los testigos leen en ella una dulce mirada y una paz interior constante" (Voto V).

Algunas pinceladas en sus escritos sobre la oración:

"Es necesario orar siempre. ¡Cuán grande ejemplo nos da nuestro Señor en la oración! Toda su vida mortal fue una oración continuada" (1923).

"Dame, Esposo amantísimo el espíritu de oración, que tanto deseo y necesito" (1938).

"La escuela de las almas interiores es la oración; es muy cierto pues en la oración aprende el alma todo lo necesario para llegar a ser alma interior, y un alma interior tiene que ser alma de oración. Siempre he sentido envidia a esas grandes almas!" (1938).

"Pido al divino Espíritu me enseñe a meditar como deseo, pero nada... siempre como un asnito en la presencia del amor de los amores" (1927).

"Quisiera tener un espíritu grande y saber meditar como esas almas grandes, pero nada... Jesús mío, me conformo, porque a mí no se me ha dado esa elevación. Lo deseo, pero no me es posible, repito que me conformo" (1950).

"No se salvará sino aquel que persevere en la oración, pues la perseverancia no la alcanzamos sino por la oración; claro está que sin la oración no hay salvación posible ( así lo creo yo)" (1905).

"Sufro tanto, Madre mía, al pensar cómo se pierden las almas! La misericordia de tu hijo es inmensa... veo cómo está el mundo y me lleno de amargura" (1934).

"Oh, Madre mía, ayudadme en la gran tarea comenzada. Tú sólo conoces las luchas que hay que sostener: son almas queridas de Dios, ayudadme a salvarlas" (1938).

"Ay, Dios mío, qué grande es el valor del alma! ¡Cómo quisiera evitar la pérdida de tantos que te ofenden! Espero que nos salvarás a todos en la sagrada llaga de tu costado, puerta abierta en esa roca del divino Amor, que guarda el adorable sacramento de la Eucaristía" (1956).

"Mi corazón rebosa de contento y desearía vivir y morir cantando el Magnificat" (1950).

"No fue tu voluntad oírme. Cúmplase, porque pudiendo no quisiste complacerme. Mientras más me niegas lo que te pido más omnipotente te veo" (1945).

"Es obvio que la sierva de Dios habituada a una continua ascesis e introspección del propio mundo interior, se vea y se sienta espiritualmente "pobre" en modo proporcional a las luces que la inundan de lo alto. Sin embargo es una prueba de sus concretos progresos en la vía de la perfección" (Voto 1).