1.- Docilidad:


En el curso de su prolongada existencia, no puede menos de observarse como hilo conductor en su relación con Dios, ese SÍ personal al designio divino sobre ella. Baste pensar que a los 13 años a partir de su primera comunión, se consagró a Dios en respuesta a ese íntimo llamamiento, lo que la indujo a observar desde entonces los tres consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia con el asesoramiento de un sacerdote, probablemente el párroco. Así lo comenta en cinta grabada en Los Teques en 1966.

Dios le inspira asistir a misa diariamente, y con grandes dificultades, en contra de la voluntad de su padre, a quien tanto ama y respeta, logra escaparse a misa cada día, al amanecer.

Va madurando en la vida de fe y su gran anhelo es ingresar a una orden religiosa de clausura, a un convento. Sin embargo, Dios le señala otra ruta jamás soñada por ella: Por voluntad divina debe trocar su ansiado retiro monástico por una vida de servicio al pobre con una misión especial: fundadora y superiora general de la Congregación hasta avanzada edad, cuando aún añoraba su primigenia "vocación" conventual. ¡Cuánto lo deseaba! Y hasta llegó a solicitar permiso eclesiástico para satisfacer este deseo después de haber cumplido su misión como fundadora, pero le fue negado. "Ni pensarlo" se le respondió.

En relación a este espíritu de docilidad y disponibilidad a la voluntad de Dios, el material abunda tanto en sus anotaciones como en las cartas y en las declaraciones de los testigos durante el proceso diocesano. Citamos sólo algunos textos:

"Heme aquí, mi buen Jesús, heme aquí" (E. 1929).

"Mi vida está en tus manos; tómala y haz de mí tu santa voluntad... He aquí a tu pobre esclava: quiero lo que tú quieras y como lo quieras" (E. 1928).

"Haced de mí, Dios mío, lo que gustéis, vuestra soy" (E. 1932).

"Estoy completamente abandonada en las manos de Dios". (E. 1941).

"No quiero sino cumplir tu voluntad en todos los momentos de mi vida" (E. 1945).

"No quiero nada fuera de tu voluntad santa. Haz de mí lo que quieras" (E. 1948).

"No hago sino decir: Dios mío, si tú lo quieres así, cúmplase tu voluntad. Si quieres darme más, te digo: Todavía más, Señor, todavía más, ¿Qué le parece el "Papá Dios" tan lindo"? (Carta sin fecha).

"Lo que siento es que nada puedo escribir, casi no veo la línea; pero así lo quiere "Papá Dios" y así lo quiero yo. Sea bendita su santa voluntad" (CH 1960).

"Yo no pido [sufrimientos], sino que acepto" (CH 1962).

"Yo bien, con mil penas y amarguras, pero como Dios sea glorificado, nada me importa" (Cartas).

No se trata solo de palabras. Es toda una actitud de fe, de inmolación ante el designio divino. Y con una tenacidad y constancia admirables: "Jesús mío, me siento sin fuerzas -escribe en 1948- si no te es agradable esta congregación y quieres acabarla, dame por caridad la muerte antes de verla terminada. Pero si quieres llevarme hasta el más grande de los sacrificios, cúmplase tu santa voluntad. Nada quiero fuera de tu voluntad. Haz de mí lo que quieras".

Enferma de la vista, siempre había pedido a nuestro Señor le conservara en sus últimos años, el "rayito de luz" que le quedaba. Días anteriores a su muerte, las Hermanas le recuerdan esta petición, a lo que ella plenamente abandonada en Dios les responde: "Yo soy de él, y si él quiere quitarme aún ese rayito de luz, no digo eso, sino todo lo que quiera". Fueron estas las últimas palabras que pudo pronunciar, porque luego perdió la voz. Sin duda su actitud heroica era el reflejo de aquella oración constante que bullía en el interior de su alma: "Mi vida está en tus manos. He aquí a tu pobre esclava... Hágase en mí según tu voluntad".

2.- Confianza:


Siempre que el hombre experimenta la gloria de Dios, escribe S. S. Juan Pablo II, se da también cuenta de su pequeñez" (Vida Consagrada 35). Abundan las frases referentes a esta experiencia íntima de la Madre María. Se autodenomina "Minimita", "pobre esclava", "pobre sierva", "mínima esposa". Mientras más pequeña se experimenta, más segura está de Dios, más confía en su divina providencia, en su amor infinito, porque con San Pablo repite: "La fuerza de Dios se realiza en la debilidad ... presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo, pues cuando soy débil entonces soy fuerte" (2 Cor 12, 7-10)

Criterios y realidades completamente opuestos a los del mundo: Se vive la deliciosa y reconfortante experiencia de apoyarse en Dios, de fiarse de él.

Escribe un censor en Roma: "De una rica vida teologal, según lo revelan sus escritos. Vida de fe y de amor ardiente y apasionado. Su esperanza teologal no se manifiesta sólo en los ardientes deseos de poseer al Señor, sino que viene acrecentada por las mismas dificultades, por las pruebas interiores que no le faltan, y por todo aquello que ella considera falta, retrasos, imperfecciones: puesto que frente a la experiencia de su radical pobreza, no encuentra motivo de abatimiento, sino que se lanza a una esperanza más fuerte, rica de fe y de abandono en el amor misericordioso de Jesús". (RV).

La confianza en Dios, lejos de producir en ella una actitud pasiva, de simple espera, la espolea a actuar, a realizar no pocas veces con dolor y coraje, lo que antes ha "orado" como voluntad de Dios. De ahí que su talla espiritual corresponda a la de la "mujer fuerte" de la Biblia: enérgica, emprendedora, ponderada, decidida y firme, segura en "el que todo lo puede".