Apuntes espirituales

Mayo 1096 - Septiembre 1906



Mayo 10 de 1906 ¿Desearías ardientemente obtener la humildad, tenerla por compañera de tu vida? vela ante todo, que no haya nada en ti que la ofenda, ni en tus pensamientos, palabras y obras; nada que lisonjee tu soberbia; nada que alimente tu vanidad; no te ocupes en recordar lo que habéis hecho; no te detengas en los pensamientos de vana complacencia; oponles el recuerdo de tus pecados... Rechaza las tentaciones de soberbia, con actos interiores de humildad; sin motivos graves, no hables de ti misma, ni en bien ni mal; no te excuses cuándo te reprendan; no trates de dominar en la conversación; no impongas tu opinión. En tu porte exterior, evita todo lo que parezca afectación, jactancia, singularidad, pretensiones, en una palabra: todo lo que ofenda la humildad. Ve si eres fiel en cumplir estas reglas, que una corta reflexión te indica, como el primer medio para adquirir la humildad. Si descuidas estos medios, los otros serán eficaces. Pide la gracia de tener siempre presente, el pensamiento de tu nada y de tu indignidad, a fin de conservarte siempre, en profunda humildad.
Qué hermosas y al mismo tiempo terribles, han sido las reflexiones que nuestro padre (Mons. López Aveledo) ha hecho en esta noche; ellas me han hecho ver una vez más, lo serio de aquel momento inevitable de la muerte. !Dios mío¡ piense en ello o no, ha de llegar ese momento del cual depende, una eternidad feliz o desgraciada. Medite o no medite, no pasará el día ni la hora tremenda; en aquel momento ya no habrá más tiempo, ya no podré hacer más nada; hoy mismo, en esta hora, en este instante mismo puedo morir, puede empezar para mía una eternidad, dichosa o infeliz. ¡Qué serias son estas reflexiones! Morir, esto es indispensable... Tengo que morir hoy o en esta hora, mañana o pasado; en fin, tarde o temprano ha de llegar la hora, y qué hago Dios mío, por qué no pienso como debiera, en ese momento del cual depende una eternidad feliz o desgraciada? ¡Siempre jamás! Eternidad! Eternidad! Eternidad!

12 de mayo de 1906 ¿Por qué, oh amantísimo Jesús, por qué no he sentido hoy en mi corazón vuestra real presencia? ¿Qué es lo que ha pasado hoy en esta mañana? ¿Qué es Dios mío, qué es lo que he hecho? ¿Son faltas cometidas en esta mañana? No lo dudo; pero Señor, cuándo encontraréis mi alma sin mancha, si todos los días las cometo más y menos me enmiendo? ¿No habrás venido Tú Madre mía, como de costumbre a preparar mi corazón? ¿No habrás querido castigarme, oh Madre mía? Si hoy os habéis negado, dejando solo mi pobre corazón, yo espero que nunca más me niegues este beneficio y Tú oh amantísimo Jesús, dígnate perdonarme; yo sé que os he recibido en el Augusto Sacramento, pero no he sentido tu soberana presencia; pero yo no he buscado consolaciones interiores, sólo he deseado unirme a Ti en este Sacramento de Tu amor. Tú sólo sabes cuánto he sufrido en la mañana de hoy. Ten piedad de mí, perdón Dios y Señor mío.

Agosto 5 de 1906 Por haber ido Nuestro padre (Mons. López Aveledo) a los Santos Ejercicios, tuvieron que consumir las sagradas especies y por ocho días quedamos sin Jesús. Cinco de agosto, día en que el Padre Peñalver, quitó el amor de mis amores.

En unos días tristes de agosto
mi dulce esposo se separó
un fiel ministro lleno de celo
con gran sigilo nos lo quitó.

El buen Ministro cumplió a la letra
la orden expresa del Superior
de consumir en un instante,
el Sacramento de nuestro amor.

Agosto 6 de 1906 Al entrar en un templo: El templo está solitario y un cortinaje fúnebre, cubre sus hermosas naves y me pregunto sorprendida: ¿qué es lo que pasa aquí? ¿Qué duelo y que tristeza es lo que pasa aquí? ¿Qué duelo y qué tristeza envuelven este sagrado recinto? ¿Dónde está la alegría que ayer no más reinaba? No lo sé, algo misterioso en nuestros altares pasa; me dirijo a la Capilla, donde reside el Amor, y oh sorpresa! ¡Oh dolor! Aquí es mayor mi angustia; no me explico lo que pasa y no me atrevo a preguntar; al fin me resuelvo y digo con el fin de esperar una respuesta: ¿Por qué no  siento de Ti el  fuego  del
amor santo? ¿Por qué no siento en mi alma vuestra sagrada presencia, qué es lo que pasa en mi espíritu? Y Tú oh sagrario dichosos, que tienes ahí prisionero al Esposo de mi alma, por qué no te compadeces de mí y satisfaces mis preguntas? ¿Nada me respondes? Parece no oír.
Pero aquellas lámparas felices
afligidas y sin luz,
me dicen con voz muy triste:
es que aquí no está Jesús.


He aquí el misterio que encerraba aquel templo. Parto de aquí, me dije, y tú oh Casa de Dios, quédate solitaria como te hallé, naves cubiertas de duelo, Sagrario triste, lámparas apagadas, quedaos solas, yo voy a otra parte donde halle al amor de mi alma, y volé en verdad presurosa a otro pueblo más feliz que el nuestro, en aquellos días, y al llegar, ¡qué gratas impresiones experimentó mi espíritu!!! Y al sentir en mí aquel hermoso cambio me pregunté: ¿Por qué me siento aquí tan bien, qué es lo que veo en este santo templo? ¿Qué hermosos cortinajes adornan sus anchas naves? ¿Qué me atrae hacia su rico sagrario? ¿Decidme lámparas dichosas: qué es lo que pasa aquí? Y ellas llenas de una alegría inefable, me respondieron: Oh alma, alégrate, es que aquí está Jesús... Por tanto, sólo donde está el santísimo Sacramento, está la verdadera felicidad. Hna María de San José 1906.

Domingo 9 de agosto de 1906 Oh amantísimo Esposo, oh dulce Jesús, ¿podrá vivir sin Tí? ¿Podrá hallar el alma consuelo, sin tener la dulce unión, esa unión íntima del alma con la adorable Eucaristía? ¿Podrá permanecer con los ojos enjutos, podrá permanecer os repito, amado Jesús, sin derramar abundantes lágrimas por la ausencia de Aquel que es toso nuestro consuelo, que es tos nuestro amor, que es toso nuestro alimento? No, mil veces no, sólo Tú puedes satisfacer el hambre que me devora, la sed que me abrasa, sólo Tú puedes mitigar un tanto la pena que me ahoga. Sí, amado Esposo, adorable Hostia, Misterio Augusto, prisionero del Amor, sólo Tú, Tú solo sabes lo que pasa por el alma de la última de tus esposas. ¿Por qué oh Dulce Jesús, por qué os han arrancado del sagrario? ¿Por qué os han quitado de vuestra voluntaria prisión, por qué os han llevado Rico tesoro, por qué me han dejado sin Ti? Yo no puedo resistir más, oh Esposo amado, cómo desahogar mi pobre corazón? ¡Ah sólo hablándote íntimamente a Ti, porque dónde encontrar alivio? En ninguna criatura terrestre; ya van cuatro días que Vos no estáis ahí en el sacramento de tu amor, desde el cinco hasta hoy, cuán largo me parece! ¿Me parece? No es que me parece, es que es mucho tiempo. Tú sabes dulce Jesús, Tú sabes cómo estoy... Ah Ministros del Señor, vosotros sóis los depositarios de mi Jesús; vosotros santos Sacerdotes, vosotros, os repito, tenéis la culpa de mi aflicción, devolvedme a mi Jesús, devolvédmelo por caridad... En vano me lamento, ellos no oyen, mi buen Jesús, ellos no quieren oír mis quejas, al menos Vos oídme, haced que pasen pronto estos días de desolación y haced que venga el dichoso día en que gozosa vaya a pasar horas enteras, en tu adorable presencia; si en castigo a mis ingratitudes, me habéis sometido a tan dura prueba, yo bendigo tu paternal voluntad, yo beso tu paternal mano. Perdonadme, Esposo amado, perdonadme mis infidelidades y tened compasión de esta pobre creatura vuestra. Madre mía, Tú eres testigo de mi abandono y no te afliges por mi desconsuelo? ¿Dónde está el Amor Sacramentado? ¿Por qué habéis permitido que el Ministro nos quite vuestra Vida, nuestro alimento y el único consuelo de nuestras almas? Ah me diréis: "Es la voluntad de mi Hijo y es la mía también..." Pues Señora mía, si es voluntad de tu Hijo y es tuya también, héme aquí pronta a someterme a ella. bendita seas, oh voluntad de mi Jesús, bendita una y mil veces seas!
En fin, ya no me es posible estar más días sin mi Jesús Sacramentado, me voy a la victoria y allí estaré hasta que regrese nuestro Padre, me voy en busca del amor de mis amores. ¡Cómo se consuela mi alma al pensar que mañana estrecharé en mi pobre alma, al Dios de la Eucaristía! Dios mío y Jesús mío, encended mi corazón en el fuego de tu amor divino.

Septiembre de 1906 Dice el Evangelio de la Eucaristía, que hay en la sagrada Escritura, dos frases que nos recuerdan las ventajas de la virtud de la paciencia. En la paciencia poseeréis vuestras almas. Cuando seguís los movimientos desarreglados de la impaciencia, decís: estoy fuera de mí, no soy dueña de mí, no me poseo...
Así pues en tal estado, otro os posee, el hombre viejo, y detrás del velo de vuestra naturaleza irritada, se oculta el demonio. Por el contrario, si resistís, si tenéis como dice San Francisco de Sales, vuestro corazón a dos manos; si con la ayuda de Dios, lográis sobreponeros a la inclinación natural, os domináis verdaderamente.
Los santos dan frutos en el estado de paciencia. Vuestros sufrimientos de cada día, vuestra mala salud, las injurias que tenéis que soportar, vuestras penas íntimas ¿quién no las tiene? Esa aridez que os desalienta, esas tentaciones que os asedian, no son sino otros tantos tesoros que podéis reunir y guardar para la vida eterna. No dejéis que se os pierda nada de lo que pueda servir para ganar el cielo: deseos qué reprimir, inclinaciones qué superar, instintos qué dominar, ofrecen a cada paso, otras tantas ocasiones de ejercitar la paciencia, otros tantos motivos de mérito; mientras menos dispuesta estéis a la paciencia, más meritoria será. Sois sensibles a la susceptibilidad? muy bien; sois de genio vivo? mejor. De carácter arrebatado? tanto mejor; más actos de virtud habréis de practicar; a medida que tengáis qué conteneros, más y más aumentaréis así los diamantes de la corona que habéis de llevar en el Reino de los Cielos. En la escuela del Pacientísimo Jesús, recibiréis al mismo tiempo la lección ejemplar y el socorro necesario para aprovecharos de ella.
Si tenéis muy sensible la epidermis del corazón, habituaos poco a poco al sufrimiento, ejercitaos en la paciencia con los demás y con vosotras mismas. Ser paciente consigo mismo, soportarse, tolerarse a sí mismo, es lo más difícil y lo más necesario. Alguien ha dicho que la paciencia pertenece al genio y yo os digo, que la paciencia es la santidad, la perfección.
Antes de separaros de nuestro Buen maestro, tomad la resolución de aplicaros en toda esta semana, a la práctica de la paciencia con todos, advirtiendo que ser sufridos con los pacientes, no tiene nada de difícil y cualquier pagano lo es; pues, la verdadera paciencia consiste en gastarla con los que carecen de ella; con los que tengan áspero y difícil carácter. tal es la virtud que debéis pedir con todo corazón para vosotras y vuestros hermanos, al pacientísimo Jesús. Así sea.