14. Un amor en serio


     En un intento de esbozar la espiritualidad de la Beata Madre, necesariamente todo converge hacia la Eucaristía, centro de su vida y su quehacer; de su inmolación y de su esperanza; de sus gozos místicos y de su fortaleza. En ella quiso vivir y en ella morir.
     Desde sus 13 años declaró: "En la Eucaristía está mi tesoro y en ella está mi corazón" Y ya religiosa, con un sentido mucho más profundo y sacrificial, estampó así su ideal:
     "Cual pura hostia yo quiero
     inmolarme y por tu amor,
     ofrecerme en sacrificio
     a cada instante, Señor"
     Y esa fue su vida: una hostia de pureza, de amor, de sacrificio, en apasionada identificación con su adorable Eucaristía.
     De ahí parecen desprenderse todas las virtudes que la llevaron indeclinablemente a la santidad: el amor a la cruz, la humildad profunda, casi anonadamiento, el silencio y la paz; su espíritu de recogimiento y de oración, de contemplación, de adoración y de reparación; su extraordinaria capacidad de amistad y de servicio, por la que supo darse en comunión; su probada esperanza del cielo; su amor filial a la santísima Virgen "tabernáculo purísimo" de Jesús, y por sobre todas estas facetas, la caridad.
     Diez años de su joven y dinámica vida transcurrieron en absoluto ayuno, alimentada sólo por la comunión diaria. Prefería "mil muertes antes que dejar de comulgar un sólo día", tanta era su sed del Dios sacramentado.
     La elaboración de las hostias era una de sus tareas más apreciadas, actividad que ejercerá casi hasta su muerte porque "confeccionar hostias es multiplicar comuniones".
     ¡Cómo deseaba que "todos los papas, cardenales, obispos y sacerdotes encendieran al mundo en amor de la adorable hostia!".
     Si la Eucaristía fue su centro, el bautismo fue la base de toda su trayectoria espiritual. Gozaba de sentirse hija de Dios y de la Iglesia, heredera del cielo. Cada año conmemoraba con un retiro espiritual la gracia de su bautismo.
     Bautismo, Eucaristía y consagración religiosa, fueron para ella la fuente profunda de su alegría permanente, de su felicidad, hasta el punto de exclamar: "Quisiera vivir y morir cantando el Magníficat", alabando a Dios.