13. Por los caminos de Dios


    Caminos que se cruzan, largos y monótonos, polvorientos o agrestes; carros de mula, jornadas a pie; travesía de ríos; sencillas goletas recorriendo mares; pobrísimas viviendas, "casuchas destartaladas" en más de una ocasión; comienzos inauditos. Son estos, avatares que se suman silenciosos al haber fundacional de la incansable Madre María de San José.
     En la medida de las necesidades y de sus posibilidades, apremiada por esa gran virtud de la caridad cristiana, y fundamentada en la confianza filial al Padre Dios, va trenzando una red de obras apostólicas y sociales en favor de los desposeídos: Acá, asilos para mendigos que deambulan por las calles; allá escuelas nocturnas para empleadas domésticas; hoy, hospitales y antituberculosos; mañana, casas maternas, orfanatos, escuelas populares; evangelización permanente, impartida en los pueblos, en las cárceles y en los campos; catequesis en las parroquias y en las escuelas, y en algunos sitios, catequesis nocturnas.
     Por todos los sitios donde le es posible llegar, va distribuyendo sus comunidades de caridad, y junto con ellas, la presencia eucarística. Insiste una y otra vez hasta que la autoridad eclesiástica le concede las requeridas licencias para instalas la divina Majestad en sus casas.
     "¡Un sagrario más! Ya las penas y pobrezas serán aliviadas con la dulce presencia del Dios de nuestros altares, la por siempre amada, la adorable Eucaristía". ¡Cuánto se lamentaba cuando, por circunstancias que no dependían de ella, debía cerrar una de las obras benéficas!: era cerrar la puerta de caridad y ¡un sagrario menos!
     Hasta 1917 gozó del asesoramiento y apoyo del padre López Aveledo: En abnegado ejercicio de su ministerio pastoral, contrajo la tan temida tuberculosis, para entonces enfermedad mortal. Por orden del General Gómez quien residía y gobernada al país desde Maracay, fue trasladado con sus hermanas a la ciudad de Los Teques, donde después de un verdadero calvario sufrido con heroica virtud, falleció el 30 de Enero de 1917, dejando una luminosa estela de santidad.
     En su lamentada ausencia, la Madre María recibirá la fiel y afectuosa orientación de uno de sus más ilustres hijos espirituales: Monseñor Hilario Cabrera Díaz, vocación sacerdotal cultivada por el padre López Aveledo.
     A la hora de su muerte en 1967 el balance de sus fundaciones era: catorce hospitales de caridad; dos antituberculosos, un leprocomio, dos albergues para mendigos, once centro socio-educativos (orfanatos-escuelas) dos casas maternas y una escuela nocturna para domésticas.
     No le faltó visión para extender su obra a otros países; pero sus intentos no se consolidaron.