2. Infancia


     A medida que Laura crece, va revelándose en ella una gama de cualidades: clara inteligencia, fina sensibilidad, firmeza y tan extraordinaria memoria, que jamás olvidará una función de títeres que presenció a los seis meses de edad. En épocas posteriores afirmará que desde los dos años recuerda toda su vida.
     Cuando Laura cumple los tres años, don Clemente decide trasladarse con su familia a Turmero, población vecina domicilio de sus padres, Dolores Alvarado y Ana Félix Salas, quienes colman de cariño a su nieta. Una de sus tías le enseñó las primeras letras y a los 4 años de edad, ya sabe leer.
     La estancia en Turmero es breve. Al poco tiempo se establecen en Maracay donde cursa todos sus estudios, desde los 5 años hasta los 17. Era una de las preocupaciones de sus padre: su educación, querían para ella lo mejor. En el ambiente social de la época, cuando imperaba el analfabetismo, su educación resultaba óptima.
     Según su propia afirmación, en la escuela la llamaban "la palomita", lo que ella atribuía a su natural seriedad. Declara igualmente que durante toda su etapa escolar guardará su alma de pecado; inocencia que conservará hasta el final de sus días.
     Reñida con todo lo que es mentira o engaño, está siempre dispuesta a decir la verdad. Muestra especial inclinación a la piedad religiosa y al socorro de las personas necesitadas, actitudes que ha aprendido junto a su madre, a quien el pueblo mucho aprecia por su servicialidad y caridad, sin distinción de ninguna clase. Nueve años cuenta cuando, acompaña a su madre a visitar un enfermo renuente a recibir los sacramentos aduciendo ante la niña su larga barba. Laura solícita, se aprestó a rasurarlo, como en efecto lo hizo, logrando que aquel hombre se reconciliara con Dios.
     Ya era una estampa familiar ver a la niña Laurita al lado de su madre en las visitas de caridad, en la práctica de las obras de misericordia. Anhela el día de su primera comunión, para la que ha sido preparada desde los 7 años por "una santa viejecita"; sin embargo deberá esperar hasta los 13 años, según las normas canónicas de entonces.