9. Don Clemente
arrancado del abismo


     El 5 de abril de 1899, el padre López Aveledo entrega a Laura la dirección y administración del hospital, del que hace su residencia. Está próxima a cumplir 24 años de edad.
     Todas las noches, don Clemente se acerca al hospital a despedirse de su hija, quien no atreviéndose a recibirlo, le da las buenas noches desde la puerta. Piensa que su sacrificio como "consagrada a Dios" debe ser completo. Le preocupa mucho su padre y ora incesantemente por él. ¿Qué no haría ella por la salvación de su alma?
     El 17 de diciembre de 1899 a las dos de la madrugada sostiene una fuerte lucha espiritual, en la que invoca a todos los santos de su devoción, hasta que, finalmente una voz interior la tranquilizó: - Te basta mi gracia. Su lacónica nota de ese día nada explica. Concluye escribiendo: "!Ah, Señor, habéis aceptado mi sacrificio! Bendito seas".
     Transcurridos apenas 12 días, Laura recibe la noticia de que su padre ha sufrido una "congestión cerebral" severa. Parece estar muerto. Atribulada, corre a postrarse a los pies de la imagen de nuestra Señora de las Mercedes, a quien encomienda la salvación eterna de su padre. "No me levantaré de aquí -le dice- hasta que me concedas esta gracia". Ofrece a Dios el sacrificio de ayuno total y perpetuo por manos de María, refugio de pecadores. Su maternal intercesión no se hace esperar. Don Clemente reacciona y con plena lucidez mental recibe todos los sacramentos, incluso el del matrimonio. Tenía 55 años de edad.
     Laura, pensando "por ignorancia que al estar ya consagrada al servicio de Dios, ya no podía ir a casa de su adorado viejo, llorando, llorando, lavaba las úlceras de mis pobres... hasta que empezó de nuevo la agonía, y el padre López me mandó; fui y estuve desde las 12 del día hasta las 3 de la tarde, cuando expiró. Enseguida, al hospital de nuevo".
     ¿Se relaciona esta promesa de ayuno absoluto con aquella experiencia del 17 de diciembre? Posiblemente.
     Lo cierto es que Laura inicia esta nueva aventura de fe, alimentándose sólo con la comunión diaria. Es la Eucaristía quien milagrosamente la conforta en medio de las múltiples actividades y responsabilidades de su cargo. Así transcurren 10 años hasta que por obediencia el padre López Aveledo, a raíz de una enfermedad, mitiga su ayuno: su dieta fue mínima durante el resto de su vida.