15. A la patria eterna


     En el transcurso de su avanzada existencia, la Beta Madre sufrió serios trastornos de salud que hicieron temer por su vida. Sin embargo, el Señor la retuvo en esta tierra hasta los 92 años de edad. Ansiaba morir, pues el temor de perder a su Dios y Señor fue para ella motivo de íntimo sufrimiento.
     Por obediencia gobernó la Congregación hasta los 85 años. Durante el capítulo general de 1960, dando muestras de gran humildad, entregó el cargo a su sucesora, la Hermana Águeda Lourdes Sánchez, a quien acompañó en sus primeras visitas a las casas locales.
     Pasados tres años, sufre trombosis en una pierna. Se siente muy mal y previendo un desenlace, pide la sepulten en la vieja capillita del asilo, cerca del altar de la Eucaristía: "Quiero -expresó- que aún mis huesos permanezcan dando gracias y alabando al Dios que tanto he amado en la tierra".
     Después de otros trastornos de salud que va superando, el 2 de Junio de 1966, presenta bronconeumonía y el médico le indica reposo. Desde su habitación, cercana a la capilla, se une a todos los actos de comunidad. Durante la semana santa de 1967, mejora un poco y participa en el ejercicio del Vía-crucis de rodillas y con los brazos extendidos en forma de cruz. El martes de resurrección recibe la comunión en la capilla y permanece dando gracias en el reclinatorio desde las 6 y 30 hasta las 9 a.m., con un breve paréntesis para el frugal desayuno, a instancias de las Hermanas. Constantemente repite: "¡Ay, Dios! ¿por qué no te aman como mereces? ¡El amor no es amado!"
     Durante esos días finales, el obispo de la diócesis, Feliciano González y algunos sacerdotes, celebran la Eucaristía en su habitación. En un momento dado, y como gesto de cariño, Monseñor se quita el pectoral y se lo coloca a la Madre María.
     Hasta sus últimos instantes, la Madre recomienda a sus hijas: "¡Caridad, caridad! Nada es este mundo en comparación de la gloria que nos espera". Suplica que a la hora de su muerte canten a la santísima Virgen y coloquen sobre su pecho una cruz color nogal con dos azucenas entrelazadas con una cinta blanca, todo un símbolo de pureza y mortificación: las dos virtudes que caracterizaron al santo del día de su bautismo, el rey San Eduardo, a quien ella dirigía especial súplica, según consta en sus apuntes espirituales.
     Sus últimas palabras fueron: "Soy toda de Dios. Que Él haga conmigo lo que quiera". Después de bendecir a las Hermanas y posando la mirada en el crucifijo, entregó su espíritu el 2 de Abril de 1967, 2do., domingo de pascua, a las 12 del día.