ANÉCDOTAS DE SU INFANCIA


Laura estaba dotada de clara inteligencia y extraordinaria memoria. Refería su madre que sólo contaba seis meses de edad cuando, llevándola en brazos, presenció una función de títeres en Choroní, y pasados los años lo comentaba como un increíble recuerdo. Más aún: recordaba que su madre le había colocado apresuradamente un vestidito y además, la piedra donde se habían subido para mejor apreciar la función. Una vez que fue de visita a su pueblo, mostró la afortunada piedra de aquel día.¡Y habían transcurridos bastantes años!

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En casa de Ana Félix, el tío Ramón se encuentra enfermo. Margarita, muy sociable y servicial, decide ir por la noche a visitar a la familia Alvarado. Total, son sólo 200 metros de distancia. Duerme a los pequeños y se va.
Laura, de sólo cuatro años, al verse sola, ni corta ni perezosa se levanta, abriga a sus dos hermanitos menores proveyéndose de una vela y una caja de fósforos -no existía alumbrado eléctrico- se presenta en casa de su abuela ante la sorpresa de las dos matronas:
-Laura, por Dios! ¿cómo has hecho esto? ¿no te dio miedo?
-¡No! -responde la niña tranquilamente- yo primero me asomé a ver si estaba la Sayona (especie de fantasma nocturno), y como no la vi, salí.

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Desde sus primeros años da muestra de infantil vanidad:
-Cuando me peinaban de crespos, ¡ay, ay, ay! iba tres veces al espejo, me volteaba, me veía...
En cierta oportunidad, doña Ana Félix desea tomar una fotografía a su nieta, que se siente linda con su cabeza llena de crespos. De repente a la tía Mercedes se le ocurre la feliz idea de colocarle una flor en su cabecita. Esto desagrada a Laura y se resiste. Su madre la insta a obedecer... y aquella fotografía reveló la imagen de una niña disgustada cubriéndose el rostro con ambas manos.

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Don Clemente abre un modesto establecimiento comercial en Maracay. Le complace subir a Laura en el mostrador y hacerla cantar y bailar:
-Morena, morena, tus ojos me matan a mí, y yo sin tus ojos morena, no puedo vivir...
Laura intentaba repetir:
-Molona, molona, tuchojos me matan a mí, y yo sin tuschojos no pelo viví.
A veces le hacía bailar una vals ayudada de su sillita.

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De profunda sensibilidad ante el dolor propio y ajeno, desde niña lo manifestaba renunciando a tomar alimento alguno. Al ver a Panchita, su hermana menor, muerta en los brazos de su acongojada madre, Laura le dice muy triste:
-Ya sabes, mamá... no comeré nada, ni hoy, ni mañana.
¡Y lo cumplía!

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Margarita, pese a su carácter enérgico, en ocasiones impulsivo, es una mujer que se desvive sirviendo, ayudando, hasta se dedica a cuidar enfermos. Laura ha ido aprendiendo a su lado, de tal manera que a los nueve años ya solicitan a la "Niña Laurita" porque tiene especial don de unción y convicción.
En una oportunidad la llaman para auxiliar un enfermo que se resiste a recibir los sacramentos. Presente la niña, el hombre sin saber qué decir, alega que su barba está sin rasurar, no está decente.
-¿No es más que esto?, argumenta Laura
Diligente busca los instrumentos necesarios, rasura aquella barba, y... he aquí al hombre dispuesto a confesarse.

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En casa de una vecina preparaban las arepas (pan de maíz) para la familia, Laura era la encargada de ir a buscarlas. Pero resulta que el niño de la casa se estaba entusiasmando con Laurita y le dio por llamarla "mi novia", motivo por el cual Laura renunció a su oficio de buscar cada día las arepas:
-¡Ay, Dios mío! ¡cuánto me chocaba esto!

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